Toco la campana y mis tripas rugieron. Ya era mediodía, había terminado otro día de
escuela y era la hora de volver a casa. Mi primer escuela :”Antártida Argentina”
de Coronel Granada.
Era un día
de sol espléndido y mi papá me esperaba con el auto encendido y una semi
sonrisa enigmática bajo su bigote oscuro y abundante. Me intrigó un poco su expresión,
pero no pregunté nada. Trepé al auto, me acomodé en el asiento y pronto me sumí
en mis pensamientos. Al llegar al campo nos recibiría algún perro, la brisa
suave que traspasaba el monte de eucaliptos añosos, su olor mentolado, sus
sombras largas. En casa, la mesa estaría preparada con el almuerzo familiar. Ya
empezaba a adivinar que sería… Quizás fideos con tuco, los favoritos de mi hermano
Pedrito. O tal vez, aventuré esperanzada, carne al horno con papas crujientes,
mi manjar predilecto por aquellos días…. Estaba cansada, y hambrienta. Miré el perfil de mi papá que ya aceleraba
nuestro Ford falcon rural, polvoriento y
descuajeringado de tanto traqueteo por los caminos de tierra. Sentí un profundo
cariño por ese hombre serio y bigotudo, confiable y cariñoso. Estaba segura de
que era el mejor papá del mundo. Mi papá
era un hombre de campo. Sabía que era
muy querido y respetado en la zona por ser trabajador, honesto y confiable. Su
palabra valía un contrato, aseguraban, y
eso me llenaba de orgullo.
Recorrimos
las pocas cuadras del pueblito quieto, adormecido bajo el sol brillante de diciembre.
Luego doblamos a la derecha, y salimos al acceso. Pronto cruzar la ruta y a los
pocos metros, a mano izquierda, sumergirnos en la calle de tierra que nos
llevaba a casa. Solo 17 kilómetros, que según las condiciones pasaban en 10
minutos o en media hora. En la pampa el paisaje es tan llano e igual que parece
que nunca se modifica. La vista, si se esfuerza, llega hasta el horizonte en
una tabla parejita que se termina confundiendo
con el cielo claro, alla a lo lejos.
Pero si
observa con ojos despiertos, uno se da cuenta que cada dia el mismo paisaje es
diferente. Según la estación , detrás de los alambrados apuntalados tan
frecuente que muchas veces parece que todos los palos son dobles, se pueden ver
que los sembrados pasan de un verde vibrante de las plantas nuevas, al ocre
dorado del trigal maduro, o el marrón trunco y reseco del barbecho que dejo la
cosecha y la tierra agotada, recuperándose.
También los
colores del aire pueden ser diferentes, según el clima. Cuando se está armando
una tormenta, todo parece gris y pesado. Pegajoso. En cambio luego de la
lluvia, cuando sale el sol, se puede ver una luz tan brillante que le da al
paisaje un toque mágico, lleno de vida y resurrección. A veces, el frío hace
que las plantas se resequen y replieguen sobre si mismas, como protegiéndose
del viento helado. En verano el calor hace que los yuyales de las cunetas
se planchen, agotados y exánimes, sobre la tierra sedienta. El polvo los cubre y tiñe todo de un ocre reseco y árido. Hasta
los pájaros se mueven con un aletear cansado, como en cámara lenta. Si uno mira
el camino reseco, en el fondo, se forman lagunas tan nítidas que parecen
reales… Pero son espejismos, asegura papá que aferra el volante con decisión,
atravesando la llanura seca.
Lo miré
impresionada. Cuanto sabía mi papá, y con que firmeza agarraba el volante de
nuestro auto que ya traqueteaba sobre la huella endurecida del camino de
tierra.
Sin
embargo, los días que más lo admiraba eran los de luego de la lluvia, cuando el
camino estaba tan barroso que a veces parecía que avanzábamos en lancha, sobre
una laguna eterna… El motor forzado, avanzando a fuerza de rebajes, y yo con el
corazón estrujado de miedo, mientras los kilómetros que nos separaban de la
ruta pasaban en cámara lenta. En general
papa trataba de seguir la huella firme dejada por los camiones de la leche,
pero a veces, algún pozo demasiado profundo, nos hacía patinar y el auto se nos
cruzaba completamente y quedábamos mirando el camino que habíamos recorrido.
Entonces papá maniobraba con firmeza y seguridad. No se cómo lo hacía pero
siempre lograba volver a la huella, en la dirección correcta, y seguíamos
avanzando por la calle laguna, metro a metro, haciendo zetas y cruzando los dedos. Yo aterrada,
rezando en voz baja. Papá con el ceño
fruncido, maniobrando con fuerza y coraje el barrial imposible.
-¿Sabes que
a mi me dicen Fangio? Bromeaba entonces, como para cortar la tensión del
momento. Yo no tenía muy claro que tal seria ese Fangio, pero estaba segura de
que papá era igual o mejor que el.
Pero ese
día el camino estaba seco. Re seco. Recién se estaba asentando, lentamente, la
polvareda del último camión que pasó, y algo de aquella tierra blancuzca se nos
pegoteó en nuestras caras sudorosas.
-Hace rato
que no llueve, comentó papá.
En el campo
casi siempre falta agua, pensé yo. Una lástima, siempre rezando y esperando
para que la bendita lluvia riegue la siembra, favorezca la floración, que los
choclos crezcan jugosos… Y a veces llueve, pero casi siempre poco o a
destiempo…
De pronto,
interrumpiendo mis meditaciones, noté que papá frenó un poco para evitar el
golpe al atravesar una cueva en en medio del camino y de pronto, se detuvo. Lo
miré extrañada. Yo ese día tenía hambre y solo quería llegar rápido a casa.
Pero papá apenas pudo disimular el entusiasmo ante la propuesta que venía
preparando:
-Hoy me
encontré con Alvarez y el hijo. Tiene tu edad, y vieras que bien vino manejando
el auto del padre… ¿querés que te enseñe?
Yo sentí
como una puñalada en la boca del estómago. Sentía celos de saber que papá había
notado que otro chico de mi edad hacía algo que yo no sabía hacer, y miedo a
fracasar intentando aprenderlo. Miedo y vergüenza de no ser tan inteligente, o
tan capaz como el hijo de Alvarez…. Ellos viven en Pinto, pensé categórica, un pueblo mas grande, y
quién sabe que cosas aprenderán los chicos alla…
Sin conocer
todos estos pensamientos humillantes que se agolpaban en mi cabeza, mi papá
insistió.
-Dale,
sentate en el manubrio. Yo me siento al lado y te ayudo. No va a pasar nada, y
siempre es útil saber manejar temprano…
Yo,
acorralada entre el miedo, los celos y la vergüenza, exploté.
-¡Manejar!
¡Cóooooomo queres que aprenda a manejar si tengo 9 años!!!! Es una locura, una
falta de respeto!!!!!! Grité desencajada, imitando a la señora Mabel, nuestra
maestra de tercer grado, famosa por mantener a raya a su alumnado a fuerza de
gritos e improperios.
Mi mente
buscaba razones y excusas para respaldar la indignación que crecía en mi
interior. Hasta comencé a llorar amargamente, eso que nunca fui llorona.
-Bueno,
Bueno… quédate tranquila… No te estoy obligando… Balbuceó papá
desconcertado. Y volvió a arrancar con
la confusión marcada en su rostro.
No se si
estaba enojado, pero yo sentí que lo había defraudado. No me había animado a
aprender a manejar. .. De la vergüenza y la decepción, traté todo el camino de
convencerme de que papá me había maltratado con su indignante propuesta. Que
quizás me hubiera puesto en ridículo, me hubiera puesto en una situación de
riesgo de la que no pudiera salir victoriosa, me hubiera hecho fracasar…
Llegue a
casa humillada, y baje del auto sin una palabra. Corrí a encontrar a mi madre y
contarle todo. Deseaba que se pusiera de mi lado y le dijera a papá que había
sido cruel e injusto, que lo retara. Ella en cambio me abrazó, pero no lo retó
a papá. A pesar de mis esfuerzos en el
airado relato de los hechos, a ella no le parecieron tan graves…
-Papá solo
trató de enseñarte algo que puede serte útil… viviendo en el campo aprender a
manejar temprano te puede sacar de un apuro…
-¿Pero y si
no me sale? ¿Y si ni siquiera me llegan las piernas a los pedales? ¿ Y si es
muy difícil?
-Entonces
no pasa nada, esperamos hasta que te crezcan las piernas… Contestó mami con una sonrisa, y olvidó para
siempre el tema.
El día
pasó, Yo jugué, hice los deberes, miré televisión. Ese día no había tormenta y
el cielo estuvo despejado, asi que la señal llegó nítida y nuestro televisor
blanco y negro, capturó casi sin interferencias el capítulo de Heidi que
estaban pasando por el canal 3 de Rosario. Fue la segunda vez en el día, cosa
inusual, que lloré un poco. Se me hizo un terrible nudo en la garganta cuando
Heidi de tuvo que ir a Frankfurt y dejar a su abuelito, los cabritos, la tibia
leche de cabra y los tazones de queso fresco… Me enjuague las lágrimas presurosa,
no quería que nadie me viera llorar. Luego cenamos y nos fuimos a dormir.
Al otro día
cambié de opinión.
Pasando la
vía, ya de camino a casa lo hice parar a papá, y le pedi que me enseñe a
manejar.
-¿Estás
segura? Preguntó sorprendido. Si no queres, no tenés que aprender…
-Si, si.
Estoy segura. Respondí con decisión.
Y me
acomodé temblando de miedo e intriga frente al volante de nuestro Ford falcon
destartalado…
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