Nosotros

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primer viaje de Tomi

viernes, 19 de julio de 2013

Mi papa Fangio



Toco la campana y mis tripas rugieron. Ya era mediodía, había terminado otro día de escuela y era la hora de volver a casa. Mi primer escuela :”Antártida Argentina” de Coronel Granada.
Era un día de sol espléndido y mi papá me esperaba con el auto encendido y una semi sonrisa enigmática bajo su bigote oscuro y abundante. Me intrigó un poco su expresión, pero no pregunté nada. Trepé al auto, me acomodé en el asiento y pronto me sumí en mis pensamientos. Al llegar al campo nos recibiría algún perro, la brisa suave que traspasaba el monte de eucaliptos añosos, su olor mentolado, sus sombras largas. En casa, la mesa estaría preparada con el almuerzo familiar. Ya empezaba a adivinar que sería… Quizás fideos con tuco, los favoritos de mi hermano Pedrito. O tal vez, aventuré esperanzada, carne al horno con papas crujientes, mi manjar predilecto por aquellos días….  Estaba cansada, y hambrienta. Miré el perfil de mi papá que ya aceleraba nuestro Ford falcon rural, polvoriento  y descuajeringado de tanto traqueteo por los caminos de tierra. Sentí un profundo cariño por ese hombre serio y bigotudo, confiable y cariñoso. Estaba segura de que era el mejor papá del mundo.  Mi papá era un hombre de campo.  Sabía que era muy querido y respetado en la zona por ser trabajador, honesto y confiable. Su palabra valía un contrato, aseguraban,  y eso me llenaba de orgullo.
Recorrimos las pocas cuadras del pueblito quieto, adormecido bajo el sol brillante de diciembre. Luego doblamos a la derecha, y salimos al acceso. Pronto cruzar la ruta y a los pocos metros, a mano izquierda, sumergirnos en la calle de tierra que nos llevaba a casa. Solo 17 kilómetros, que según las condiciones pasaban en 10 minutos o en media hora. En la pampa el paisaje es tan llano e igual que parece que nunca se modifica. La vista, si se esfuerza, llega hasta el horizonte en una tabla parejita que se termina confundiendo  con el cielo claro, alla a lo lejos. 
Pero si observa con ojos despiertos, uno se da cuenta que cada dia el mismo paisaje es diferente. Según la estación , detrás de los alambrados apuntalados tan frecuente que muchas veces parece que todos los palos son dobles, se pueden ver que los sembrados pasan de un verde vibrante de las plantas nuevas, al ocre dorado del trigal maduro, o el marrón trunco y reseco del barbecho que dejo la cosecha y la tierra agotada, recuperándose.
También los colores del aire pueden ser diferentes, según el clima. Cuando se está armando una tormenta, todo parece gris y pesado. Pegajoso. En cambio luego de la lluvia, cuando sale el sol, se puede ver una luz tan brillante que le da al paisaje un toque mágico, lleno de vida y resurrección. A veces, el frío hace que las plantas se resequen y replieguen sobre si mismas, como protegiéndose del viento helado.  En verano  el calor hace que los yuyales de las cunetas se planchen, agotados y exánimes, sobre la tierra  sedienta. El polvo los cubre y  tiñe todo de un ocre reseco y árido. Hasta los pájaros se mueven con un aletear cansado, como en cámara lenta. Si uno mira el camino reseco, en el fondo, se forman lagunas tan nítidas que parecen reales… Pero son espejismos, asegura papá que aferra el volante con decisión, atravesando la llanura seca.
Lo miré impresionada. Cuanto sabía mi papá, y con que firmeza agarraba el volante de nuestro auto que ya traqueteaba sobre la huella endurecida del camino de tierra.
Sin embargo, los días que más lo admiraba eran los de luego de la lluvia, cuando el camino estaba tan barroso que a veces parecía que avanzábamos en lancha, sobre una laguna eterna… El motor forzado, avanzando a fuerza de rebajes, y yo con el corazón estrujado de miedo, mientras los kilómetros que nos separaban de la ruta pasaban en cámara lenta.  En general papa trataba de seguir la huella firme dejada por los camiones de la leche, pero a veces, algún pozo demasiado profundo, nos hacía patinar y el auto se nos cruzaba completamente y quedábamos mirando el camino que habíamos recorrido. Entonces papá maniobraba con firmeza y seguridad. No se cómo lo hacía pero siempre lograba volver a la huella, en la dirección correcta, y seguíamos avanzando por la calle laguna, metro a metro,  haciendo zetas y cruzando los dedos. Yo aterrada, rezando en voz baja.  Papá con el ceño fruncido, maniobrando con fuerza y coraje el barrial imposible. 
-¿Sabes que a mi me dicen Fangio? Bromeaba entonces, como para cortar la tensión del momento. Yo no tenía muy claro que tal seria ese Fangio, pero estaba segura de que papá era igual o mejor que el.
Pero ese día el camino estaba seco. Re seco. Recién se estaba asentando, lentamente, la polvareda del último camión que pasó, y algo de aquella tierra blancuzca se nos pegoteó en nuestras caras sudorosas.
-Hace rato que no llueve, comentó papá.
En el campo casi siempre falta agua, pensé yo. Una lástima, siempre rezando y esperando para que la bendita lluvia riegue la siembra, favorezca la floración, que los choclos crezcan jugosos… Y a veces llueve, pero casi siempre poco o a destiempo…
De pronto, interrumpiendo mis meditaciones, noté que papá frenó un poco para evitar el golpe al atravesar una cueva en en medio del camino y de pronto, se detuvo. Lo miré extrañada. Yo ese día tenía hambre y solo quería llegar rápido a casa. Pero papá apenas pudo disimular el entusiasmo ante la propuesta que venía preparando:
-Hoy me encontré con Alvarez y el hijo. Tiene tu edad, y vieras que bien vino manejando el auto del padre… ¿querés que te enseñe?
Yo sentí como una puñalada en la boca del estómago. Sentía celos de saber que papá había notado que otro chico de mi edad hacía algo que yo no sabía hacer, y miedo a fracasar intentando aprenderlo. Miedo y vergüenza de no ser tan inteligente, o tan capaz como el hijo de Alvarez…. Ellos viven en Pinto,  pensé categórica, un pueblo mas grande, y quién sabe que cosas aprenderán los chicos alla…
Sin conocer todos estos pensamientos humillantes que se agolpaban en mi cabeza, mi papá insistió.
-Dale, sentate en el manubrio. Yo me siento al lado y te ayudo. No va a pasar nada, y siempre es útil saber manejar temprano…
Yo, acorralada entre el miedo, los celos y la vergüenza,  exploté.
-¡Manejar! ¡Cóooooomo queres que aprenda a manejar si tengo 9 años!!!! Es una locura, una falta de respeto!!!!!! Grité desencajada, imitando a la señora Mabel, nuestra maestra de tercer grado, famosa por mantener a raya a su alumnado a fuerza de gritos e improperios.
Mi mente buscaba razones y excusas para respaldar la indignación que crecía en mi interior. Hasta comencé a llorar amargamente, eso que nunca fui llorona.
-Bueno, Bueno… quédate tranquila… No te estoy obligando… Balbuceó papá desconcertado.  Y volvió a arrancar con la confusión marcada en su rostro.
No se si estaba enojado, pero yo sentí que lo había defraudado. No me había animado a aprender a manejar. .. De la vergüenza y la decepción, traté todo el camino de convencerme de que papá me había maltratado con su indignante propuesta. Que quizás me hubiera puesto en ridículo, me hubiera puesto en una situación de riesgo de la que no pudiera salir victoriosa, me hubiera hecho fracasar…
Llegue a casa humillada, y baje del auto sin una palabra. Corrí a encontrar a mi madre y contarle todo. Deseaba que se pusiera de mi lado y le dijera a papá que había sido cruel e injusto, que lo retara. Ella en cambio me abrazó, pero no lo retó a papá. A pesar de mis esfuerzos  en el airado relato de los hechos, a ella no le parecieron tan graves…
-Papá solo trató de enseñarte algo que puede serte útil… viviendo en el campo aprender a manejar temprano te puede sacar de un apuro…
-¿Pero y si no me sale? ¿Y si ni siquiera me llegan las piernas a los pedales? ¿ Y si es muy difícil?
-Entonces no pasa nada, esperamos hasta que te crezcan las piernas…  Contestó mami con una sonrisa, y olvidó para siempre el tema.
El día pasó, Yo jugué, hice los deberes, miré televisión. Ese día no había tormenta y el cielo estuvo despejado, asi que la señal llegó nítida y nuestro televisor blanco y negro, capturó casi sin interferencias el capítulo de Heidi que estaban pasando por el canal 3 de Rosario. Fue la segunda vez en el día, cosa inusual, que lloré un poco. Se me hizo un terrible nudo en la garganta cuando Heidi de tuvo que ir a Frankfurt y dejar a su abuelito, los cabritos, la tibia leche de cabra y los tazones de queso fresco… Me enjuague las lágrimas presurosa, no quería que nadie me viera llorar. Luego cenamos y nos fuimos a dormir.
Al otro día cambié de opinión.
Pasando la vía, ya de camino a casa lo hice parar a papá, y le pedi que me enseñe a manejar.
-¿Estás segura? Preguntó sorprendido. Si no queres, no tenés que aprender…
-Si, si. Estoy segura. Respondí con decisión.
Y me acomodé temblando de miedo e intriga frente al volante de nuestro Ford falcon destartalado…



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