Nosotros

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primer viaje de Tomi

viernes, 19 de julio de 2013

Un objeto atesorado



¿Un objeto atesorado? Pensé preocupada cuando leí la consigna… “ Y yo que soy la mas desordenada del Universo… yo que perdí tanto, tantas veces, que me mudé, que empecé de cero habiendo dejado todo atrás… Yo que me jacto de no aferrarme a nada, a no darle valor a lo material, de no sentir apego por los objetos…. Yo. ¿Qué podré encontrar en mi casa que haya atesorado?”…
Y así empecé la búsqueda frenética de algo de que hablar, algo que hablara de mi pasado… A revolver la casa, a revolver mis recuerdos. Mientras tanto, mi cabeza trataba de explicarse porqué no había traído casi nada cuando nos vinimos a Australia. Porque había sentido que nada era necesario para empezar esta otra vida, en éste otro mundo en el que ahora me instalo…
Me costó un rato aceptar que en verdad, había traído de mi anterior vida un solo objeto, y para colmo no era nada elegante, ni sentimental, ni altruista… Un único simple objeto del que sentí que no podría hacerme en el nuevo mundo. Un mate. Lo miré tratando de darle poesía, de pensarlo heroico… pero el pobrecito me devolvió su mirada con una simpleza inexcusable. Mi objeto atesorado es un cacharrito enlozado tan simple y ordinario que no encuentro palabras adecuadas para describirlo. Su solo punto de interés podría ser su color rojo brillante, que no se porque siento que me identifica. Quizás fuese eso lo único por lo que lo haya elegido entre tantos otros mates, en el estante del supermercado. No podía ser de cuero, ni de calabaza ni siquiera de madera por no poner en peligro su entrada a Australia. Una cuestión de control de enfermedades … Así de estrictos son los australianos para dejarte entrar. Tenés que declarar todo lo que traés, y si en aduana consideran que hay algún riesgo de ingreso de alguna plaga, por mas remoto que sea, te lo sacan. Fin de historia.
Así que ni siquiera razón afectiva interesante tiene mi pobre mate. Lo compré unos días antes de viajar, junto con varios quilos de yerba de la que me gusta, ya que declarándola no habría problemas, me aseguraron.
En la confusión de mi partida, no encontré nada mas que traerme suficientemente valioso como para acarrear su peso por el mundo, ni suficientemente útil, ni suficientemente imprescindible como un mate, bombilla y unos quilos de yerba. Que desilusión, que falta de gracia… pienso arrepentida.
Pero tengo una seria excusa que explicaré, para atenuar un poco ésta falta o incapacidad de apego reprobable.
Durante mi vida me ha tocado empezar de cero varias veces. De jovencita lo más terrible, lo más aplastante. Viví un accidente de auto en el cual, junto a mi hermana menor,  perdimos a nuestra familia completa. Tenía 15 años, y una vida armada en General Pinto, un pueblo de la pampa húmeda cercano al campo en el cual había crecido. Tenía amigos, mi escuela, mi casa, mi cuarto, mis espacios, mis actividades. Tenía una familia que adoraba, de la que estaba orgullosa y agradecida. Tenía todas esas cosas que no se pueden poner ni en una valija ni en ningún lado, que uno no podría dejar.
Pero la vida tomó sus propias decisiones, y de un día para otro me encontré sola y dolorida, en una cama de hospital crujiente, con gente que entraba y salía.  Menos mis padres. ¿Qué había pasado?
Tuvieron un accidente. Pedro , María Amalia y Pedrito murieron inmediatamente, no sintieron nada. Ahora vos te tenés que curar.
Y la confusión y el vacío. Y el dolor. Dolor físico de la fractura en mi espalda, en mi cadera. Incomodidad. Dolor en el alma. Angustia. Descreimiento. Bronca.
Así había terminado una etapa de mi vida. Sin pre aviso, sin anestesia.
Ningún objeto o lugar podría atesorar un ápice de lo perdido, comprobé en mis primeras vueltas al campo, acompañada de familiares. Recuerdo que revolví cajones, armarios, escondrijos impensables. Y nada. Sólo el vacío. Solo la certeza de lo perdido, de lo irrecuperable.
No hubo objeto que me consolara, quizás al contrario. Aquellas ropas de mi madre, todavía colgadas en su ropero, me recordaban su ausencia… Aquellas botellitas de colección de mi hermano Pedrito, se me hacían dolorosos testigos de su partida. Aquél sillón en el que solía sentarse mi padre, sin él, estaba vacío y sin sentido. Ahí descubrí que los objetos no tienen alma, que su único valor es en relación a quién los tiene en el momento, y que una vez aislados de su dueño, mueren.
Será por eso, pienso, que no me puedo apegar a las cosas. Que me cuesta encontrarle el sentido a nada, si no tiene un uso práctico.
Mi mate enlozado, por ejemplo, es atesorado porque me sirve para matear en los momentos de soledad y reposo.  Me ayuda a meditar, me conecta con una costumbre de mi pasado.
Se volvió valioso, importante, irreemplazable, en el mismo minuto que el avión despegó de Ezeiza. Antes era un cacharro más entre mil cacharros. Totalmente reemplazable, sin ninguna seña particular, sin carácter.
Cuando llegué a Australia tuve que sacarlo, junto con la bombilla, y demostrar a los oficiales de aduana para que servía la yerba que había traído. Y en ese minuto se convirtió en una reliquia extra cultural. Una peculiaridad sudamericana. Una excentricidad.
Aca el mate, para mi,  es compañía. Aunque lo tomo sola. No es una costumbre ni una idea fácil de compartir. Aquí hay tantas reglas sobre sanidad e higiene, que te miran con cierta aprensión. Quizás sea un símbolo para mí de la compañía interior, de la presencia existente en la misma ausencia.
Quizás me haga sentir que, mientras saboreo su amargo metálico, me conecto de alguna manera con mis costumbres, con lo que soy, con tantas  personas queridas con las que he compartido alguna vez un mate…



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