¿Un objeto
atesorado? Pensé preocupada cuando leí la consigna… “ Y yo que soy la mas
desordenada del Universo… yo que perdí tanto, tantas veces, que me mudé, que
empecé de cero habiendo dejado todo atrás… Yo que me jacto de no aferrarme a
nada, a no darle valor a lo material, de no sentir apego por los objetos…. Yo.
¿Qué podré encontrar en mi casa que haya atesorado?”…
Y así
empecé la búsqueda frenética de algo de que hablar, algo que hablara de mi
pasado… A revolver la casa, a revolver mis recuerdos. Mientras tanto, mi cabeza
trataba de explicarse porqué no había traído casi nada cuando nos vinimos a
Australia. Porque había sentido que nada era necesario para empezar esta otra
vida, en éste otro mundo en el que ahora me instalo…
Me costó un
rato aceptar que en verdad, había traído de mi anterior vida un solo objeto, y
para colmo no era nada elegante, ni sentimental, ni altruista… Un único simple
objeto del que sentí que no podría hacerme en el nuevo mundo. Un mate. Lo miré
tratando de darle poesía, de pensarlo heroico… pero el pobrecito me devolvió su
mirada con una simpleza inexcusable. Mi objeto atesorado es un cacharrito
enlozado tan simple y ordinario que no encuentro palabras adecuadas para
describirlo. Su solo punto de interés podría ser su color rojo brillante, que
no se porque siento que me identifica. Quizás fuese eso lo único por lo que lo
haya elegido entre tantos otros mates, en el estante del supermercado. No podía
ser de cuero, ni de calabaza ni siquiera de madera por no poner en peligro su
entrada a Australia. Una cuestión de control de enfermedades … Así de estrictos
son los australianos para dejarte entrar. Tenés que declarar todo lo que traés,
y si en aduana consideran que hay algún riesgo de ingreso de alguna plaga, por
mas remoto que sea, te lo sacan. Fin de historia.
Así que ni
siquiera razón afectiva interesante tiene mi pobre mate. Lo compré unos días
antes de viajar, junto con varios quilos de yerba de la que me gusta, ya que
declarándola no habría problemas, me aseguraron.
En la
confusión de mi partida, no encontré nada mas que traerme suficientemente
valioso como para acarrear su peso por el mundo, ni suficientemente útil, ni
suficientemente imprescindible como un mate, bombilla y unos quilos de yerba.
Que desilusión, que falta de gracia… pienso arrepentida.
Pero tengo
una seria excusa que explicaré, para atenuar un poco ésta falta o incapacidad
de apego reprobable.
Durante mi
vida me ha tocado empezar de cero varias veces. De jovencita lo más terrible,
lo más aplastante. Viví un accidente de auto en el cual, junto a mi hermana
menor, perdimos a nuestra familia completa.
Tenía 15 años, y una vida armada en General Pinto, un pueblo de la pampa húmeda
cercano al campo en el cual había crecido. Tenía amigos, mi escuela, mi casa,
mi cuarto, mis espacios, mis actividades. Tenía una familia que adoraba, de la
que estaba orgullosa y agradecida. Tenía todas esas cosas que no se pueden
poner ni en una valija ni en ningún lado, que uno no podría dejar.
Pero la
vida tomó sus propias decisiones, y de un día para otro me encontré sola y
dolorida, en una cama de hospital crujiente, con gente que entraba y
salía. Menos mis padres. ¿Qué había
pasado?
Tuvieron un
accidente. Pedro , María Amalia y Pedrito murieron inmediatamente, no sintieron
nada. Ahora vos te tenés que curar.
Y la
confusión y el vacío. Y el dolor. Dolor físico de la fractura en mi espalda, en
mi cadera. Incomodidad. Dolor en el alma. Angustia. Descreimiento. Bronca.
Así había
terminado una etapa de mi vida. Sin pre aviso, sin anestesia.
Ningún
objeto o lugar podría atesorar un ápice de lo perdido, comprobé en mis primeras
vueltas al campo, acompañada de familiares. Recuerdo que revolví cajones,
armarios, escondrijos impensables. Y nada. Sólo el vacío. Solo la certeza de lo
perdido, de lo irrecuperable.
No hubo
objeto que me consolara, quizás al contrario. Aquellas ropas de mi madre,
todavía colgadas en su ropero, me recordaban su ausencia… Aquellas botellitas
de colección de mi hermano Pedrito, se me hacían dolorosos testigos de su
partida. Aquél sillón en el que solía sentarse mi padre, sin él, estaba vacío y
sin sentido. Ahí descubrí que los objetos no tienen alma, que su único valor es
en relación a quién los tiene en el momento, y que una vez aislados de su
dueño, mueren.
Será por
eso, pienso, que no me puedo apegar a las cosas. Que me cuesta encontrarle el
sentido a nada, si no tiene un uso práctico.
Mi mate
enlozado, por ejemplo, es atesorado porque me sirve para matear en los momentos
de soledad y reposo. Me ayuda a meditar,
me conecta con una costumbre de mi pasado.
Se volvió
valioso, importante, irreemplazable, en el mismo minuto que el avión despegó de
Ezeiza. Antes era un cacharro más entre mil cacharros. Totalmente reemplazable,
sin ninguna seña particular, sin carácter.
Cuando
llegué a Australia tuve que sacarlo, junto con la bombilla, y demostrar a los
oficiales de aduana para que servía la yerba que había traído. Y en ese minuto
se convirtió en una reliquia extra cultural. Una peculiaridad sudamericana. Una
excentricidad.
Aca el
mate, para mi, es compañía. Aunque lo
tomo sola. No es una costumbre ni una idea fácil de compartir. Aquí hay tantas
reglas sobre sanidad e higiene, que te miran con cierta aprensión. Quizás sea
un símbolo para mí de la compañía interior, de la presencia existente en la
misma ausencia.
Quizás me
haga sentir que, mientras saboreo su amargo metálico, me conecto de alguna
manera con mis costumbres, con lo que soy, con tantas personas queridas con las que he compartido alguna
vez un mate…
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