Nosotros

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primer viaje de Tomi

viernes, 19 de julio de 2013

Cronica de un exitazo



Serás un ser de extremos. Vivirás tu vida al máximo de sus posibilidades. Sabrás lo que es el dolor mas profundo y renacerás de tus cenizas. Buscarás la plenitud desde el abismo de tus dudas y dolores. No te conformarás con un destino intermedio.
Un día de desasosiego, idearás una manera poética de justificar tu existencia. Tu descabellada supervivencia. Recordarás tu sueño. Tu anhelo. Rememorarás que, antes de que todo se precipite y tuvieras que cambiar el rumbo de tu vida, la intención de ser escritora había comenzado a tomar fuerza en tu alma. La ilusión de crear nuevos mundos, de ampliar realidades, de transportar a lectores a aventuras lejanas. Que los diviertan, que los entretengan, que les deje algo.
Todavía en las tinieblas, reflexionarás sobre la manera de lograrlo. Te conectarás con un maestro especializado en realizar sueños. Te sorprenderás cuando el maestro escuche tu caso, te mire a los ojos y simplemente te diga. Casi te ordene. Escribí un libro. Te justificarás, dirás que no tenés experiencia, que no tenés idea, que no tenés editor que te publique. En fin, dirás que la verdad es que vos no sos escritora.  Y el maestro te volverá a mirar y te dirá, impertérrito. Vos escribí el libro, yo tengo un editor, un corrector y todo lo necesario. Y te dejará así, a la deriva de tus miedos y tus imposibilidades.                
Pero aún así, entre sorprendida e insegura empezarás una historia. Sin mucho mas que una idea tan fugaz y escurridiza que es casi inexistente. Es el comienzo de una idea, una loca fantasía, un sueño que ni te animás a acariciar. Pero te permitirás soñar. Imaginarás como sería si, de pronto, vieras aparecer a tu hermano Pedrito sonriente y feliz. Y te dijera que en realidad no había muerto, ni él ni tus padres. Sino que habían descubierto un nuevo mundo, cayendo por accidente en una cueva de peludo, de esas que en el campo se encuentran a cada rato.
Así es como medio jugando, medio esperando un milagro inasible, te largarás a escribir una novela. Porque claro, siendo un ser tan grandilocuente, tan extremo, no te andarás con términos medios. No querrás escribir un cuento corto, mediocre, sin futuro. Sino una gran novela. Tan espectacular, tan exitosa y entretenida que te catapulte al éxito indiscutible. Contarás la historia de Pedrito descubriendo un nuevo mundo, viviendo una aventura que les cambiará la vida. Querrás que Pedrito se convierta ni más ni menos, que en el Harry Potter pampeano. Un mago transmutador de la gran pena que todavía te embarga.  
Y con la valentía que da la total inconciencia, empezarás a escribir. Y con la tozudez que te dará tu herencia vasca, seguirás y seguirás. Te darás cuenta que no estás muy segura de cómo llenar tantas páginas, te perderás en descripciones detalladas de lugares, de escenas. Con total ignorancia. Que difícil que es escribir tan largo, no perder la coherencia, la idea, te lamentarás. En realidad ni siquiera aprendiste bien las reglas ortográficas, ni que decir de las construcciones literarias mas elaboradas. Sabrás que tu texto lo delata .Pero aún así ahí estarás, muy determinada, escribiendo tu novela. Inventando lo que salga, improvisando… Por momentos sabrás que el texto se pone tedioso, reiterativo. En otros, tocarás atisbos de ideas brillantes. Te reirás de giros impensados de tu propia prosa que, página a página verás enriquecerse y ampliarse.  Encontrarás, luego de casi naufragar en la monotonía de capítulos interminables, un ritmo. Y la trama se irá armando. La historia irá encontrando un cauce. Contarás las páginas que se irán acumulando. Aprenderás muchísimo, será un curso intensivo de literatura práctica. Te faltaran herramientas, pero no te amedrantarás y cerraras la historia que se fue formando mientras escribías, con el correr de los días.
Y así tu borrador tendrá una primera corrección ortográfica y gramatical. Reescribiendo la novela notarás que los errores son enormes, aberrantes. Cientos de yerros y desatinos que corregirás con obstinación. Solo la fé de tu maestro, que reflejará la fé que te tendrás a vos misma, te sostendrá y te impulsará a seguir. A terminar la tarea, a llegar a la meta. El título de tu novela llevará el nombre de Pedrito. Y la profecía del principio del mundo. Rematarás con entusiasmo. Quién dijo que el mundo está por terminar si ni siquiera ha comenzado. Te explicarás categóricamente.
Y luego vendrán días confusos, amontonados.  Viajarás a Buenos Aires para organizar los pormenores de la impresión. Los dibujos, las formas. No habías pensado en nada de eso. Te aventurarás a un mundo desconocido, que nunca habías imaginado. La comercialización, la distribución, la venta. El editor estará dispuesto a imprimirlo, pagando la edición, lógicamente. Luego podría llegar a colocarlos en las librerías. Aunque tendrá sus reparos, sabrá de las dificultades de colocar un libro de un autor desconocido en el mercado. El detalle no te detendrá, ya eso será otro tema, a ver en otro momento. Te gustará el desafío, la aventura. El precio no será un obstáculo, podrás acceder a la impresión de tu obra. Aunque en algún rincón de tu alma sabrás que todavía no está lista,  el momento parecerá ser el indicado. Así se darán las cosas y te dejarás llevar. Algo te dirá que vale la pena intentarlo. Y llegará el día de la presentación, harás una gran fiesta a la que invitarás a familiares y amigos. La asistencia será abrumadora, te sentirás feliz y realizada.  Disfrutarás del logro, agradecerás otra vez tu suerte, a la vida. Todos comprarán fiel y prolijamente, un ejemplar. Te felicitarán. Esto será un verdadero pan comido, pensarás eufórica. De aca al estrellato.
Pero luego vendrá el tema de comercializarla, gran problema que interferirá entre vos y tu meta. Sin experiencia alguna, te propondrás distribuir tu novela en todas las librerías de Buenos Aires y del país. Entrarás en una, dos, tres, con el libro en la mano y la mejor sonrisa. Te enterarás de que los autores no distribuyen sus libros personalmente, que hay una cadena de distribución que hay que seguir… Por otro lado las librerías, observarás, no colocan cualquier libro en primera fila. Los visibles, los que cautivan el ojo del cliente, los que llaman la atención de los transeúntes, son los que se venden por sí solos. Porque los autores son conocidos, porque están de moda, porque son geniales. Tu pobre Pedrito se te estrujará entre los dedos, se te hará un nudo en la garganta y te sentirás una vendedora berreta mientras tratarás de convencer a un impaciente director de ventas de una librería de buen nombre, que vale la pena hacerse de algunos ejemplares. -No gracias, no nos interesa, te contestará con una sonrisa de plástico, y te dará vuelta la cara. Vos te quedarás petrificada, tratando de desatarte como puedas aquél nudo imposible que se habrá formado en tu garganta. Desharás tus pasos, volverás a la casa de tu hermana en Palermo,  que te habrá recibido heroicamente tanto a vos como a los mil ejemplares que habrás publicado.
 Alguien te dirá, colaborador, que justo están armando la feria del libro infantil. Que esa será una gran oportunidad para tu Pedrito. Y allí irás, con el corazón palpitante y tratando de enterrar en lo mas profundo el miedo mortal al rechazo. Los puestos se estarán armando, y encontrarás a libreros optimistas y abiertos a una semana de grandes ventas. Encararás a uno, es grande, un nombre conocido. Para bajar la puntería hay tiempo, recapacitarás.  Te presentarás al jefe que está en aquel momento organizando los estantes. Te mirará con simpatía, algo le dirá que puede ser… Quién sabe, probar no cuesta nada. Y con una sonrisa agarrará diez libros y te deseará suerte… Diez!! Y pondrá algunos en primera fila! TE dirá que pases el domingo a ver como fue. Falta una semana, pensarás orgullosa. Con semejante posición  y los miles y miles de visitantes de la feria, Pedrito tendrá todas las de ganar. Y envalentonada volverás a preguntar en uno, y en otro. Dos o tres te lo toman de buena gana, te desean suerte y prometen que lo tendrán a la vista.  Te irás del predio ilusionada. El sueño volverá a tomar forma. Misión cumplida.
El próximo domingo enfilarás ilusionada a la feria.  En tu cabeza desfilarán mil preguntas ¿Habrán alcanzado los 30 ejemplares que dejaste desparramados?  ¿Se habrán vendido muchos? ¿Habrán sido lo suficientemente atractivos? ¿Ya los lectores estarán sumergidos en la aventura que has creado? ¿Les estará gustando?  Llegarás a la feria que es un hormiguero de gente, colas de compradores apretujados, un marketing desconocido y desmoralizante desviará tu mirada hacia vistosos ejemplares de todo tipo de temas infantiles, formas, colores. Se te volverá a encoger el corazón,  no estarás segura de haber estado a la altura de semejante despliegue. O mas bien, sabrás que tu creación no es tan atractiva como el resto. Así, con el alma en un hilo, recorrerás uno a uno los pasos hasta la primera librería, la posición más prometedora. Encontrarás al gerente y te presentas con una sonrisa tan débil como tu esperanza. Al cabo de algunos segundos eternos, parecerá reconocerte y sin piedad alguna te confirmará que no se ha vendido ningún ejemplar. ¿Ninguno? Repetirás perpleja. Ninguno. Te devolverá los diez libros y recorrerás destrozada el resto de los puestos. La misma historia se repetirá. Tomarás tus creaciones y caminarás erguida, lo mas erguida que puedas, hasta la entrada. Saldrás caminando rapidísimo, corriendo, huyendo del catastrófico final de la aventura. Una bocanada de aire fresco te aliviará, te sostendrá. Entrarás al auto y te dirigirás como una autómata a la casa de tu hermana. Allí te refugiarás del fracaso, del cachetazo que te dio Buenos Aires.
Tu hermana no estará. Entrarás igual, te acurrucarás en la cama del cuartito de huéspedes. Llorarás amargamente. Levantarás la vista y mirarás un cuadro que siempre te perturbó. En realidad no es un cuadro. Es un dibujo y una lista que elaboró el mismo Pedrito tiempo antes del accidente.  Enmarcado por tu hermana. Allí detallaba su plan de vida, lo que anhelaba tener y ser, con un detalle conmovedor y preciso.  Ese esbozo de tu hermano ido, siempre te daría una profunda pena por lo que no pudo ser, por lo que quedó trunco. Y ese día te aferrarás a aquel cuadro y llorarás a grito pelado, hasta quedarte ronca.  Te quedarás dormida.
Los días que seguirán serán terribles, llenos de trajín desesperado, de afiebradas elucubraciones. No te resignarás a que no te vean, que no te escuchen, a fracasar estrepitosamente. No te resignarás a que Pedrito quede trunco. Mientras te queden energía seguirías luchando, buscando la manera de obtener el triunfo. Te contactarás con una tía lejana que es escritora, ella te explicará su experiencia en el rubro, que hay que hacer y qué no. Lástima no haber sabido antes de todo esto, volverás a lamentarte. Su visión de la forma de proceder no coincidirá con tu estilo, ni con tu sueño, ni tu imagen de lo que querrías ser. Pero ella es escritora y bastante buena, razonarás. Le darás un ejemplar para que te de ideas de como promocionarlo, promoverlo y mejorarlo. Te citará luego de unos días para darte el veredicto fatal. La novela es una reverenda cagada, te dirá sin disimulos. Inconsistente, sin hilo, sin estructura, desprolija. Te asegurará que si querés ser exitosa en el rubro, tendrás que disponerte a trabajar fuerte, a aprender, a leer cosas buenas (te vendería uno de sus libros, para darte un ejemplo), a promocionarte con método y constancia, a trabajar día a dia para construir tu imagen. Te ofrecerá contactarte con gente que te enseñe. Pero tendrás que comprometerte a escribir unas 30 o 40 páginas por día… Será todo demasiado brutal, demasiado fuerte. Pero no lo que te dirá tu tía a quién le darás la razón, sino toda la aventura de Pedrito y su deslucido desenlace. Le agradecerás y te irás, te irás, te irás… Caminarás por las calles de Buenos Aires con amargos pensamientos de fracaso, recordarás las peores escenas de tu vida. Evocarás la imagen de tu primo segundo, aquel con el que te habías peleado terriblemente durante tu viaje por Centroamérica, diciéndote que eras superficial y liviana. Cabeza hueca, incoherente. Que si realmente querías ser escritora deberías dedicarte a leer a los serios, a los grandes. A Kafka, a Dostovyesky… no basuras new age como lo que te habías acabado de comprar.
Te dormirás una y otra vez con una sensación de desasosiego, de saber que estás perdiendo el punto de la cuestión. Trabajarás como leona en una distribución manual, artesanal, de cuantos ejemplares puedas colocar. Seguirás recorriendo negocios, te sugerirán quiscos y también probarás suerte. Ésta te será esquiva una vez más y tras una amplia distribución por cientos de quiscos de Buenos Aires, no venderás ni un ejemplar. No te detendrás. Darás con una agente de prensa que se apiadará de vos, o de tu desesperación y te organizará de onda varias entrevistas. Te llamarán de una radio de Buenos Aires, aparecerá tu libro en un par de revistas de buena circulación. Darás algunas charlas, que odiarás. Algunas presentaciones en diversos lugares, repartirás ejemplares por doquier. Trabajarás, viajarás, harás lo que te digan los que saben.
Consciente de que la solución será reescribir tu libro con mas razón y mesura, te contactarás con otros maestros expertos en letras y en almas. Querrás corregirte, empezar de nuevo. Te darán buenos consejos, te abrirán puertas a otra sabiduría, a otro conocimiento. Entenderás muchas cosas, no todo. No lo mas importante, todavía. Pero sentirás una urgencia total de corregirte, de hacer borrón y cuenta nueva. Intentarás un último esfuerzo desesperado. Querrás reescribir la historia completa ahora. Ya. Pedirás ayuda, que será brindada con prontitud y consideración. Pelearás con vos misma, con tu obra, con tu incapacidad de mejorarla a la altura de tus expectativas. Tratarás, te frustrarás, te agotarás.  Hasta que un día te hartarás de todo el circo y tu cuerpo, tu alma y tu mente dirán basta. Decidirás dejar todo en el olvido.  A otra cosa mariposa.
 Y mientras muchos ejemplares quedarán abandonados en librerías de todo el país, otros cientos en una biblioteca de tu casa del campo, vos te dedicarás a vivir la aventura que inició Pedrito al caer por la cueva de peludo. Y se abrirá la tierra y caerás, caerás, caerás. Te dejarás llevar y conocerás otro mundo, del otro lado de la tierra. Otra cultura, otro lenguaje y otras reglas del juego. Y te dedicarás a vivir a fondo esta nueva aventura. Te enfrentarás con los más profundos miedos de tu alma, pelearás guerras fundamentales de las que saldrás victoriosa. Tendrás un hijo, tan lindo como tu hermano Pedrito. Te llenará de amor y de besos. Mirarás a la vida de otra manera.
 Y con el tiempo te darás cuenta del total sentido de tu sueño y del éxito final de tu aparente fracaso.

Confesion de aparatosidades



La verdad es que soy una tipa muy sensata…  Hubo una época en la que reconozco, fui presa de ciertos vicios irracionales e ilógicos que nunca he confesado por nimios o sin asidero.
                Uno que mantuve hasta ya bien entrada la juventud, fue el secretísimo temor nacido seguramente en la tierna infancia, de que debajo de la cama se esconda alguien que nos agarre de la pata. Para evitar éste percance, pegaba un salto cuántico desde la mitad del cuarto y aterrizaba sana y salva en la cama, habiendo burlado así al supuesto asesino. Y aunque muy esporádicamente, confieso haberme descubierto alguna vez a los veintipico y treitipico… pegando un salto irracional y grotesco  para aterrizar con el corazón latiéndome a mil en la pobre cama, que crujía sorprendida ante tal arrebato. 
Otro vicio pasado y superado era el de caminar erguida y entrando la panza, sintiéndome casi elegante al pasar frente a una vidriera, para mirarme de reojos y constatar horrorizada, que la esbelta silueta se había transformado en una regordeta sudorosa que miraba de reojos…
Pero ya no. He madurado. Ya no distingo en mi quehacer cotidiano manías físicas importantes. Como decía, he madurado. Ahora me dedico a observarme.  A lo largo de mi vida, confieso que me he descubierto en posturas tan rígidas como ridículas. En manías mentales que me esclavizaban al dolor.  Me he victimizado, me he sentido juzgada, he juzgado y he sufrido. En la creencia por supuesto de que era una cuestión de tener las cosas claras, de ser inteligente y de tener criterio. Pero bueno. He trabajado mucho para detectar estas manías… He tratado de verlas, de ridiculizarlas, de soltarlas. He hecho tanto terapia tradicional como no tradicional. Por citar solo algunas, he indagado en las constelaciones familiares, alquimia mística, meditaciones hindúes y orientales, tratamientos metafísicos varios, enseñanzas de maestros elevados y demás …  Y me han resultado. Hoy me siento muchísimo más libre, más feliz. Mi vida fluye y estoy conectada con la abundancia del Universo. Hoy se que todos somos uno, que cada cosa que pasa en nuestra vida es un reflejo de nuestro interior. Conozco todos los pormenores de la ley de atracción que dirige nuestra realidad. Medito. Rezo.
Como decía al principio, soy una tipa sensata. Ya no creo tanto en mi criterio y trato de no tomar partido. Se que no hay enemigos sino maestros, que el prójimo es un reflejo de nosotros mismos, que todos estamos en el mismo camino y que tarde o temprano nos encontraremos en la cima….
Todo bien. Pero en éste aspecto debo confesar que aún creyendo fervientemente en todo lo enumerado, existe una persona a la que no puedo tolerar, ni comprender, ni asimilar. No encaja de ninguna manera en mi teoría y filosofía de vida. No hay meditación en la que la pueda abrazar. Me molesta y me enferma. Me da sarpullido de solo pensar en ella. En su ridiculez, en su aburridora mediocridad, en su estúpida tozudez.  En su falta de tacto, en su avidez por malentenderme, en su imperdonable inmadurez, su tilinguería, su ordinariez, su aberrante espíritu de competencia. En su falta de personalidad, su lamentable carencia de gusto y su escaza imaginación.
Y esa persona es mi suegra.
Y pensando en ella y en sus inexorables visitas me doy manija, me enojo, me enfurezco y salgo vergonzosamente de mi centro. Me siento invadida, me da taquicardia y se activan en mí mecanismos de defensa adormecidos por milenios de evolución. Desde que comienza a amenazar con venir empiezo a padecer el suplicio. Me dan retorcijones, me siento impotente, y me pongo rabiosa. Es como una sombra negra que se cierne sobre mi cabeza y que me aplasta, me atrapa, me tortura y me jode la vida. Se viene, se viene, se viene…  Y ahí llega tan contenta con sus valijitas llenas de cagadas y ridiculeces..(les dije que es una ridícula?) sus sonrisitas falsas, sus patitas cortas, su miradita miope y su sueño de superioridad… Y se instala, y se instala, se instala… y me ahoga. No se adónde ponerme. Habla, acota, molesta, respira, suspira.  Me saca.
Yo quiero mi paz, mi soledad, mis tiempos. Y ella que me persigue para hablar sus boludeces, para ponerse de modelo de vida, para hacerse la sofisticada. Para aburrirme con cuentos eternos de gente que ni conozco ni quiero conocer. Que no me importa.
Y a la mierda la filosofía, el amor, la unidad del género humano. En esos períodos me convierto en una leona enjaulada. Me transformo en una asesina serial, me la paso maquinando estrategias para provocar el accidente fatal que la saque del medio, que me ayude a preservar el resquicio de cordura que todavía queda en mi ser trastornado. Gradualmente voy olvidando los modales y reglas de buena educación.  La ignoro para no estrellarla contra el pavimento e ideo todo tipo de perradas para molestarla. Le pongo la traba y cuando cae aparatosamente pongo cara de circunstancia, hago gestos obscenos en su espalda, tiro hormigas en su valija, me como todo el helado para que no le quede nada, y si me mira con carita deseosa cuando pasa el heladero afirmo contundente que no comprare mas. No es saludable, afirmo y ella que se las da de sílfides se muerde la boca de impotencia. Me río. Cuando salimos a caminar, camino rápido para perderla, y ella que se hace la pendeja viene al trote para seguirme el ritmo. Y yo acelero sin piedad, sabiendo que la traigo al borde del sincope. No me importa. Cuando se está duchando, prendo distraídamente el agua fría de la cocina hasta que escucho el alarido y el resbalón. Uia, se quemó…  Como no tiene personalidad, (les dije?) ayuno. Porque se que si yo no ceno, ella no querrá cenar tampoco. Y con suerte muere de hambre…  Pero la cerda va y se atosiga con paquetes de galletitas que atesora en sus valijas llenas de hormigas. Con suerte le muerden la lengua, pienso. 
En fin. Sufro,  me incomodo y me torturo por el mes y pico que dura la visita… Toda una vida sin goce saludable.
Yo que había aprendido tanto, que había podido soltar tanto y que era tan feliz… Que estaba mas alla del bien y del mal, que todo me chupaba un huevo…  Y esta vieja viene y me caga la vida de esta forma. La puta que la pario. Así no se puede.




Un objeto atesorado



¿Un objeto atesorado? Pensé preocupada cuando leí la consigna… “ Y yo que soy la mas desordenada del Universo… yo que perdí tanto, tantas veces, que me mudé, que empecé de cero habiendo dejado todo atrás… Yo que me jacto de no aferrarme a nada, a no darle valor a lo material, de no sentir apego por los objetos…. Yo. ¿Qué podré encontrar en mi casa que haya atesorado?”…
Y así empecé la búsqueda frenética de algo de que hablar, algo que hablara de mi pasado… A revolver la casa, a revolver mis recuerdos. Mientras tanto, mi cabeza trataba de explicarse porqué no había traído casi nada cuando nos vinimos a Australia. Porque había sentido que nada era necesario para empezar esta otra vida, en éste otro mundo en el que ahora me instalo…
Me costó un rato aceptar que en verdad, había traído de mi anterior vida un solo objeto, y para colmo no era nada elegante, ni sentimental, ni altruista… Un único simple objeto del que sentí que no podría hacerme en el nuevo mundo. Un mate. Lo miré tratando de darle poesía, de pensarlo heroico… pero el pobrecito me devolvió su mirada con una simpleza inexcusable. Mi objeto atesorado es un cacharrito enlozado tan simple y ordinario que no encuentro palabras adecuadas para describirlo. Su solo punto de interés podría ser su color rojo brillante, que no se porque siento que me identifica. Quizás fuese eso lo único por lo que lo haya elegido entre tantos otros mates, en el estante del supermercado. No podía ser de cuero, ni de calabaza ni siquiera de madera por no poner en peligro su entrada a Australia. Una cuestión de control de enfermedades … Así de estrictos son los australianos para dejarte entrar. Tenés que declarar todo lo que traés, y si en aduana consideran que hay algún riesgo de ingreso de alguna plaga, por mas remoto que sea, te lo sacan. Fin de historia.
Así que ni siquiera razón afectiva interesante tiene mi pobre mate. Lo compré unos días antes de viajar, junto con varios quilos de yerba de la que me gusta, ya que declarándola no habría problemas, me aseguraron.
En la confusión de mi partida, no encontré nada mas que traerme suficientemente valioso como para acarrear su peso por el mundo, ni suficientemente útil, ni suficientemente imprescindible como un mate, bombilla y unos quilos de yerba. Que desilusión, que falta de gracia… pienso arrepentida.
Pero tengo una seria excusa que explicaré, para atenuar un poco ésta falta o incapacidad de apego reprobable.
Durante mi vida me ha tocado empezar de cero varias veces. De jovencita lo más terrible, lo más aplastante. Viví un accidente de auto en el cual, junto a mi hermana menor,  perdimos a nuestra familia completa. Tenía 15 años, y una vida armada en General Pinto, un pueblo de la pampa húmeda cercano al campo en el cual había crecido. Tenía amigos, mi escuela, mi casa, mi cuarto, mis espacios, mis actividades. Tenía una familia que adoraba, de la que estaba orgullosa y agradecida. Tenía todas esas cosas que no se pueden poner ni en una valija ni en ningún lado, que uno no podría dejar.
Pero la vida tomó sus propias decisiones, y de un día para otro me encontré sola y dolorida, en una cama de hospital crujiente, con gente que entraba y salía.  Menos mis padres. ¿Qué había pasado?
Tuvieron un accidente. Pedro , María Amalia y Pedrito murieron inmediatamente, no sintieron nada. Ahora vos te tenés que curar.
Y la confusión y el vacío. Y el dolor. Dolor físico de la fractura en mi espalda, en mi cadera. Incomodidad. Dolor en el alma. Angustia. Descreimiento. Bronca.
Así había terminado una etapa de mi vida. Sin pre aviso, sin anestesia.
Ningún objeto o lugar podría atesorar un ápice de lo perdido, comprobé en mis primeras vueltas al campo, acompañada de familiares. Recuerdo que revolví cajones, armarios, escondrijos impensables. Y nada. Sólo el vacío. Solo la certeza de lo perdido, de lo irrecuperable.
No hubo objeto que me consolara, quizás al contrario. Aquellas ropas de mi madre, todavía colgadas en su ropero, me recordaban su ausencia… Aquellas botellitas de colección de mi hermano Pedrito, se me hacían dolorosos testigos de su partida. Aquél sillón en el que solía sentarse mi padre, sin él, estaba vacío y sin sentido. Ahí descubrí que los objetos no tienen alma, que su único valor es en relación a quién los tiene en el momento, y que una vez aislados de su dueño, mueren.
Será por eso, pienso, que no me puedo apegar a las cosas. Que me cuesta encontrarle el sentido a nada, si no tiene un uso práctico.
Mi mate enlozado, por ejemplo, es atesorado porque me sirve para matear en los momentos de soledad y reposo.  Me ayuda a meditar, me conecta con una costumbre de mi pasado.
Se volvió valioso, importante, irreemplazable, en el mismo minuto que el avión despegó de Ezeiza. Antes era un cacharro más entre mil cacharros. Totalmente reemplazable, sin ninguna seña particular, sin carácter.
Cuando llegué a Australia tuve que sacarlo, junto con la bombilla, y demostrar a los oficiales de aduana para que servía la yerba que había traído. Y en ese minuto se convirtió en una reliquia extra cultural. Una peculiaridad sudamericana. Una excentricidad.
Aca el mate, para mi,  es compañía. Aunque lo tomo sola. No es una costumbre ni una idea fácil de compartir. Aquí hay tantas reglas sobre sanidad e higiene, que te miran con cierta aprensión. Quizás sea un símbolo para mí de la compañía interior, de la presencia existente en la misma ausencia.
Quizás me haga sentir que, mientras saboreo su amargo metálico, me conecto de alguna manera con mis costumbres, con lo que soy, con tantas  personas queridas con las que he compartido alguna vez un mate…



Mi papa Fangio



Toco la campana y mis tripas rugieron. Ya era mediodía, había terminado otro día de escuela y era la hora de volver a casa. Mi primer escuela :”Antártida Argentina” de Coronel Granada.
Era un día de sol espléndido y mi papá me esperaba con el auto encendido y una semi sonrisa enigmática bajo su bigote oscuro y abundante. Me intrigó un poco su expresión, pero no pregunté nada. Trepé al auto, me acomodé en el asiento y pronto me sumí en mis pensamientos. Al llegar al campo nos recibiría algún perro, la brisa suave que traspasaba el monte de eucaliptos añosos, su olor mentolado, sus sombras largas. En casa, la mesa estaría preparada con el almuerzo familiar. Ya empezaba a adivinar que sería… Quizás fideos con tuco, los favoritos de mi hermano Pedrito. O tal vez, aventuré esperanzada, carne al horno con papas crujientes, mi manjar predilecto por aquellos días….  Estaba cansada, y hambrienta. Miré el perfil de mi papá que ya aceleraba nuestro Ford falcon rural, polvoriento  y descuajeringado de tanto traqueteo por los caminos de tierra. Sentí un profundo cariño por ese hombre serio y bigotudo, confiable y cariñoso. Estaba segura de que era el mejor papá del mundo.  Mi papá era un hombre de campo.  Sabía que era muy querido y respetado en la zona por ser trabajador, honesto y confiable. Su palabra valía un contrato, aseguraban,  y eso me llenaba de orgullo.
Recorrimos las pocas cuadras del pueblito quieto, adormecido bajo el sol brillante de diciembre. Luego doblamos a la derecha, y salimos al acceso. Pronto cruzar la ruta y a los pocos metros, a mano izquierda, sumergirnos en la calle de tierra que nos llevaba a casa. Solo 17 kilómetros, que según las condiciones pasaban en 10 minutos o en media hora. En la pampa el paisaje es tan llano e igual que parece que nunca se modifica. La vista, si se esfuerza, llega hasta el horizonte en una tabla parejita que se termina confundiendo  con el cielo claro, alla a lo lejos. 
Pero si observa con ojos despiertos, uno se da cuenta que cada dia el mismo paisaje es diferente. Según la estación , detrás de los alambrados apuntalados tan frecuente que muchas veces parece que todos los palos son dobles, se pueden ver que los sembrados pasan de un verde vibrante de las plantas nuevas, al ocre dorado del trigal maduro, o el marrón trunco y reseco del barbecho que dejo la cosecha y la tierra agotada, recuperándose.
También los colores del aire pueden ser diferentes, según el clima. Cuando se está armando una tormenta, todo parece gris y pesado. Pegajoso. En cambio luego de la lluvia, cuando sale el sol, se puede ver una luz tan brillante que le da al paisaje un toque mágico, lleno de vida y resurrección. A veces, el frío hace que las plantas se resequen y replieguen sobre si mismas, como protegiéndose del viento helado.  En verano  el calor hace que los yuyales de las cunetas se planchen, agotados y exánimes, sobre la tierra  sedienta. El polvo los cubre y  tiñe todo de un ocre reseco y árido. Hasta los pájaros se mueven con un aletear cansado, como en cámara lenta. Si uno mira el camino reseco, en el fondo, se forman lagunas tan nítidas que parecen reales… Pero son espejismos, asegura papá que aferra el volante con decisión, atravesando la llanura seca.
Lo miré impresionada. Cuanto sabía mi papá, y con que firmeza agarraba el volante de nuestro auto que ya traqueteaba sobre la huella endurecida del camino de tierra.
Sin embargo, los días que más lo admiraba eran los de luego de la lluvia, cuando el camino estaba tan barroso que a veces parecía que avanzábamos en lancha, sobre una laguna eterna… El motor forzado, avanzando a fuerza de rebajes, y yo con el corazón estrujado de miedo, mientras los kilómetros que nos separaban de la ruta pasaban en cámara lenta.  En general papa trataba de seguir la huella firme dejada por los camiones de la leche, pero a veces, algún pozo demasiado profundo, nos hacía patinar y el auto se nos cruzaba completamente y quedábamos mirando el camino que habíamos recorrido. Entonces papá maniobraba con firmeza y seguridad. No se cómo lo hacía pero siempre lograba volver a la huella, en la dirección correcta, y seguíamos avanzando por la calle laguna, metro a metro,  haciendo zetas y cruzando los dedos. Yo aterrada, rezando en voz baja.  Papá con el ceño fruncido, maniobrando con fuerza y coraje el barrial imposible. 
-¿Sabes que a mi me dicen Fangio? Bromeaba entonces, como para cortar la tensión del momento. Yo no tenía muy claro que tal seria ese Fangio, pero estaba segura de que papá era igual o mejor que el.
Pero ese día el camino estaba seco. Re seco. Recién se estaba asentando, lentamente, la polvareda del último camión que pasó, y algo de aquella tierra blancuzca se nos pegoteó en nuestras caras sudorosas.
-Hace rato que no llueve, comentó papá.
En el campo casi siempre falta agua, pensé yo. Una lástima, siempre rezando y esperando para que la bendita lluvia riegue la siembra, favorezca la floración, que los choclos crezcan jugosos… Y a veces llueve, pero casi siempre poco o a destiempo…
De pronto, interrumpiendo mis meditaciones, noté que papá frenó un poco para evitar el golpe al atravesar una cueva en en medio del camino y de pronto, se detuvo. Lo miré extrañada. Yo ese día tenía hambre y solo quería llegar rápido a casa. Pero papá apenas pudo disimular el entusiasmo ante la propuesta que venía preparando:
-Hoy me encontré con Alvarez y el hijo. Tiene tu edad, y vieras que bien vino manejando el auto del padre… ¿querés que te enseñe?
Yo sentí como una puñalada en la boca del estómago. Sentía celos de saber que papá había notado que otro chico de mi edad hacía algo que yo no sabía hacer, y miedo a fracasar intentando aprenderlo. Miedo y vergüenza de no ser tan inteligente, o tan capaz como el hijo de Alvarez…. Ellos viven en Pinto,  pensé categórica, un pueblo mas grande, y quién sabe que cosas aprenderán los chicos alla…
Sin conocer todos estos pensamientos humillantes que se agolpaban en mi cabeza, mi papá insistió.
-Dale, sentate en el manubrio. Yo me siento al lado y te ayudo. No va a pasar nada, y siempre es útil saber manejar temprano…
Yo, acorralada entre el miedo, los celos y la vergüenza,  exploté.
-¡Manejar! ¡Cóooooomo queres que aprenda a manejar si tengo 9 años!!!! Es una locura, una falta de respeto!!!!!! Grité desencajada, imitando a la señora Mabel, nuestra maestra de tercer grado, famosa por mantener a raya a su alumnado a fuerza de gritos e improperios.
Mi mente buscaba razones y excusas para respaldar la indignación que crecía en mi interior. Hasta comencé a llorar amargamente, eso que nunca fui llorona.
-Bueno, Bueno… quédate tranquila… No te estoy obligando… Balbuceó papá desconcertado.  Y volvió a arrancar con la confusión marcada en su rostro.
No se si estaba enojado, pero yo sentí que lo había defraudado. No me había animado a aprender a manejar. .. De la vergüenza y la decepción, traté todo el camino de convencerme de que papá me había maltratado con su indignante propuesta. Que quizás me hubiera puesto en ridículo, me hubiera puesto en una situación de riesgo de la que no pudiera salir victoriosa, me hubiera hecho fracasar…
Llegue a casa humillada, y baje del auto sin una palabra. Corrí a encontrar a mi madre y contarle todo. Deseaba que se pusiera de mi lado y le dijera a papá que había sido cruel e injusto, que lo retara. Ella en cambio me abrazó, pero no lo retó a papá. A pesar de mis esfuerzos  en el airado relato de los hechos, a ella no le parecieron tan graves…
-Papá solo trató de enseñarte algo que puede serte útil… viviendo en el campo aprender a manejar temprano te puede sacar de un apuro…
-¿Pero y si no me sale? ¿Y si ni siquiera me llegan las piernas a los pedales? ¿ Y si es muy difícil?
-Entonces no pasa nada, esperamos hasta que te crezcan las piernas…  Contestó mami con una sonrisa, y olvidó para siempre el tema.
El día pasó, Yo jugué, hice los deberes, miré televisión. Ese día no había tormenta y el cielo estuvo despejado, asi que la señal llegó nítida y nuestro televisor blanco y negro, capturó casi sin interferencias el capítulo de Heidi que estaban pasando por el canal 3 de Rosario. Fue la segunda vez en el día, cosa inusual, que lloré un poco. Se me hizo un terrible nudo en la garganta cuando Heidi de tuvo que ir a Frankfurt y dejar a su abuelito, los cabritos, la tibia leche de cabra y los tazones de queso fresco… Me enjuague las lágrimas presurosa, no quería que nadie me viera llorar. Luego cenamos y nos fuimos a dormir.
Al otro día cambié de opinión.
Pasando la vía, ya de camino a casa lo hice parar a papá, y le pedi que me enseñe a manejar.
-¿Estás segura? Preguntó sorprendido. Si no queres, no tenés que aprender…
-Si, si. Estoy segura. Respondí con decisión.
Y me acomodé temblando de miedo e intriga frente al volante de nuestro Ford falcon destartalado…