Nosotros

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primer viaje de Tomi

martes, 12 de noviembre de 2013

Las marcas de mi cuerpo




Marcas tengo varias y de todos los tamaños. Chiquitas e imperceptibles, recuerdo de pequeños percances de la niñez o más nuevitas y prolijas, como  la impecable cesárea por donde nació Tomas hace casi dos años. También están las profundas y bien notorias,  que delatan épocas menos felices. Como las operaciones de cadera luego del accidente que me dejaron una profunda hendidura en el costado derecho de mi cadera, o la matadura del yeso que comió la piel y la carne hasta dejar una marca redonda y un poco oscura sobre la columna. Sobre la cuarta vértebra lumbar, que se pegó achatada para el otro lado y me hizo perder un poco la curva natural de mi espalda.
Pero hoy que quizás por ser mi cumple ando con la crisis de los cuarenta encima (a pesar de que cumplo 41), que estoy en uno de esos días de cansancio, de tristeza, hoy quiere hablar la cicatriz más nuevita de mi cadera. La que nació hace unos años aquí en Australia, y la que me trajo de vuelta antiguos fantasmas y miedos profundos. La que me alerta de que el perfecto funcionamiento de nuestro cuerpo es un don que no siempre es valorado aunque tampoco está asegurado. La que quizás es la culpable de este sobrepeso del que no logro deshacerme. Porque me hace sentir vulnerable y mi cuerpo se recubre de una capa de protección ante el temor a la muerte, al dolor, al fin.
Nació en Australia, dije. Cuando ya la quebradura de mi cabeza de fémur producida durante el accidente era cosa del pasado. Cuando de no ser por la tremenda marca en el costado de mi cadera,  y una leve cojera que podría ser tomada como una excentricidad en el andar, no quedaron más rastros visibles de aquel doloroso episodio en mi presente, de mi año postrada, de mi re aprender a caminar y el bendecir poder hacer cosas tan simples como ir al baño por mí misma.
Cuando me quebré, 25 años atrás,  sufrí la complicación de una infección intrahospitalaria. Parece que es bastante común que pase. Fue un episodio grave. Yo solo recuerdo que la herida me supuraba y dolía, que tenía fiebre, que los doctores se arremolinaban preocupados en torno a mi cama comentando, especulando, aumentando la dosis de antibiótico, del calmante.  Fue un maratón que casi estaba perdido porque mi cuerpo no parecía tener fuerzas de pelear aquella batalla contra una infección testaruda que no quería aflojar.  Estaba en Témperley, viviendo con unos tíos y recuerdo que en un momento de desesperación, me cargaron a la ambulancia y me mandaron de urgencia de vuelta al hospital. Ya la cosa estaba del todo grave. Mis glóbulos blancos habían crecido exponencialmente, los rojos casi inexistentes… Yo no tengo recuerdos de aquellas precisiones, solo que encontraba alivio en la somnolencia que me embargaba en los estados afiebrados. Cuando llegamos al hospital me acomodaron en una camilla, y como recurso desesperado me hicieron una transfusión de sangre, mientras hablaban con mis tíos, diciéndoles que no había mas nada que hacer. Que había que esperar que por milagro me recuperase.  Yo no recuerdo todo esto. Según cuenta mi tía Josefina pareció que había sucedido un milagro, porque con aquella transfusión de pronto me volvió el color, hice una profunda respiración y me fui estabilizando. No se sabe bien cómo, a partir de entonces la infección se fue apagando, muriendo. Y lentamente me recuperé. Luego pasaron meses, me sacaron el yeso, comencé a trasladarme con silla de ruedas, luego con muletas, tuve que re aprender a caminar. A sentir la emoción de estar de pié, de dar los primeros pasos liberadores. Esta rehabilitación fue para mí volver a la vida.
Pasaron los años y la memoria de aquello se fue olvidando, mientras mis músculos tomaban fuerza y las pocas secuelas de aquel episodio se hicieron parte de mi rutina. Estudie una carrera, viaje, encontré el amor y viajamos el mundo. Los desafíos cotidianos fueron más fuertes y urgentes, deje de pensar, definitivamente, en todo aquello.
Pero sucedió en Australia, luego de casi un año del brutal esfuerzo físico, mental y espiritual que requirió la adaptación. Cuando me empezaba a sentir cómoda en éste nuevo mundo, mi cadera comenzó a doler. Primero una molestia razonable que pensamos que se debía a la enorme humedad que estábamos soportando. Era el verano más caluroso y húmedo de las últimas décadas, nos aseguraron los locales.  Pensé que quizás, había llegado el momento que me pronosticaron todos los traumatólogos que me vieron en el pasado, de reemplazo de cadera.
Mientras nos organizamos para conseguir un turno en un traumatólogo, sorteando las diversiones del sistema médico australiano y los retrasos que originó una fenomenal inundación que nos aisló por un tiempo de la ciudad mayor adónde tenía que ir a tratarme, la pierna me comenzó a doler más y más. De pronto me encontré con que casi no podía caminar, con que a la noche sentía mi cadera latir, hasta podía sentir cierto calor si me tocaba la herida. Y un día volvió la fiebre. Llegué al especialista rengueando y tomando antibióticos. Le explicamos que había sufrido una quebradura 25 años atrás, que ahora me estaba doliendo y que calculaba que tal vez hubiera llegado el momento de operarme… Me revisó serio. Era evidente que había algo de infección, haría una punción para localizarla y así poder darme el antibiótico preciso, quizás intravenoso. Que vuelva al otro dia a la tarde para internarme, sería algo corto, de un par de horas.
Me hice un bolsito con mi camisón y el cepillo de dientes, pensando que tal vez nos tendríamos que quedar la noche en Townsville, ciudad en donde me harían la intervención. Cerramos la casa por el día, dimos de comer a los perros y partimos. Pasé un día bastante malo, ya que desde que llegue al hospital y me prepararon para la operación deje de tomar los antibióticos orales, y por eso la fiebre subió mucho. Llegue a la sala de operaciones toda transpirada. Me movieron de camilla y mi cuerpo dejo una marca de sudor que me avergonzó. I am sorry… murmuré comprometida. Pero los doctores y enfermeros que me atendían se miraron preocupados. Antes de operarme, como hacen acá, me explicaron que harían, y me hicieron firmar un papel en el que yo consentía lo que estaban haciendo. Si, dale, cualquier cosa para sentirme mejor. Firme presurosa y me dispuse a la operación.
Cuando fui volviendo, reconociendo formas y contornos, pude ver que Alistair se acercaba con expresión desahuciada, había hablado con el doctor y la cosa era más grave de lo que él había pensado. La infección estaba dentro del mismo hueso. “¿Pero cómo? Si no me había lastimado, no era posible, debía de haber un error”.
- No hay error, confirmo el médico. Paz se queda en el hospital hasta que se cure
–Bueno, está bien. ¿Se queda esta noche, o todo el fin de semana? Aventuró Alistair preocupado.
                -No, más que eso. Hasta que se cure. Puede ser un mes o más.  No hay plazos ciertos ni confirmados. Respondió. Y así se fue, pobre mi amor, muerto de miedo y ansiedad a dormir a un motel cercano, ya que en los hospitales de acá no dan camas para acompañantes. Para el fue durísimo. Nunca había vivido nada así conmigo. Nunca había pensado en la posibilidad de no tenerme, confesó desesperado. Y sin saber que estaba pasando, de donde venía semejante enfermedad ni tener la certeza de poder erradicarla definitivamente, vivió el terror de quedarse solo. Pasó los siguientes dos meses viajando a cualquier hora del pueblito adónde estábamos instalados y él tenía su oficina a Townsville. Eran 130 quilómetors que recorría dos o tres veces por semana, agotado y preocupado. Nos extrañamos muchísimo.
Yo, a pesar de todo, estaba aliviada. Algo de mi sabía que mi cuerpo estaba librando una batalla fundamental y que tenía que ser la definitiva. Y confiaba que tendría a disposición las mejores curas y comodidades para hacerlo.
Con el correr de los días y las explicaciones de los especialistas fuimos entendiendo lo que había pasado. Al parecer, mi caso era casi único en el mundo, salvo dos o tres mas conocidos hasta el momento. Había sucedido que algo de aquella infección original y terrible de mi cadera de hacía 25 años se había encapsulado y sobrevivido de manera latente cerca de la herida. Y de la nada había despertado. Quizás el estrés ayudó a que sucediera, no lo sabían. Tampoco sabían si me podría curar, ni cuando, ni como. Cuando las infecciones se hacen crónicas es un asunto de por vida.  EL doctor me visitaba a diario preocupado, y observaba atónito como mi herida seguía supurando. La infección seguía viva a pesar de las brutales dosis de antibióticos, de las operaciones de limpieza, del correr de los días. Fue un mes entero de internación. Me habían  pasado un pick line (que es un tubo finito que te meten por una vena del brazo y va hasta el corazón) por donde me pasaban los medicamentos con seguridad. Es el mejor sistema hasta ahora disponible para tratamientos largos con antibióticos. Así y todo, la herida no cicatrizaba. Un día el doctor me confesó desesperado.
–Quizás seguirá supurando de por vida. No sé cómo curarte.
Sentí que tenía que tranquilizarlo, que darle esperanzas. –No se preocupe doctor que yo me voy a curar. Soy muy fuerte. El doctor me sonrió tímidamente. Así se hace, me dijo.
 Pasé el segundo mes en un hotel cercano al hospital, frente al mar. Regresando cada día al hospital para que me cambien los antibióticos, y para tener una sesión de respiración hiperbárica que también ayudaría a combatir la profunda infección. Yo no tenía certezas, ni nadie me podía asegurar tiempos ni plazos, pero en medio de la incertidumbre había una esperanza potente que me sostenía. Comprendí que mi cuerpo era sabio. Que había guardado para mejor momento aquella batalla fundamental que 25 años atrás no había podido ganar. Tuvo que pasar todo este tiempo, tuve que haber encontrado mi amor, mi compañía, estar en el lugar correcto en el que me pudieran cuidar con todos los adelantos y comodidades necesarias. Era indudable que todo eso había sido por una razón. Dios mismo estaba de mi parte, razoné, Él quería que me cure, me lo había demostrado con éste impass de tantos años. Supe, con toda seguridad, que estaba en Sus manos y ante semejante evidencia me relajé con confianza. Y con éste espíritu en alto, logre sortear el último tiempo de mi enfermedad y recuperarme. No sin miedos ni dudas que me asaltaban en momentos de debilidad, como pequeños demonios que ponían en duda cada gramo de confianza que había conseguido. Pero con ésta esperanza por sobre todo, como tabla salvadora en medio de aquel océano de vida que hoy contemplaba.
Ya pasaron tres años desde aquel episodio. La infección no volvió, aunque nadie me puede asegurar que no se haya vuelto a encapsular, como la primera vez. Tengo que estar atenta y esta vez actuar con rapidez, si vuelven los síntomas. De aquellos dos meses de confusión, dolor y miedo me quedo una nueva herida. Profunda y casi tan impresionante como la primera, sobre la parte delantera de mi cadera. Mis dos marcas de guerra, las describe Alistair. No quiere que me las saque porque hablan de mi. Hablan de nuestra historia. A mi tampoco me interesa, perdí los sueños de top model muchísimos años atrás, cuando abandone la adolescencia. De vez en cuando molesta, no la cicatriz, sino adentro. EL hueso quedó muy debilitado. Pasó mucho por allí, se libró una gran batalla por ahora, vencida.


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