Marcas tengo varias y de todos los tamaños. Chiquitas e
imperceptibles, recuerdo de pequeños percances de la niñez o más nuevitas y prolijas, como la impecable cesárea por donde
nació Tomas hace casi dos años. También están las profundas y bien
notorias, que delatan épocas menos
felices. Como las operaciones de cadera luego del accidente que me dejaron una
profunda hendidura en el costado derecho de mi cadera, o la matadura del yeso
que comió la piel y la carne hasta dejar una marca redonda y un poco oscura
sobre la columna. Sobre la cuarta vértebra lumbar, que se pegó achatada para el
otro lado y me hizo perder un poco la curva natural de mi espalda.
Pero hoy que quizás por ser mi cumple ando con la crisis de
los cuarenta encima (a pesar de que cumplo 41), que estoy en uno de esos días
de cansancio, de tristeza, hoy quiere hablar la cicatriz más nuevita de mi
cadera. La que nació hace unos años aquí en Australia, y la que me trajo de
vuelta antiguos fantasmas y miedos profundos. La que me alerta de que el
perfecto funcionamiento de nuestro cuerpo es un don que no siempre es valorado aunque
tampoco está asegurado. La que quizás es la culpable de este sobrepeso del que
no logro deshacerme. Porque me hace sentir vulnerable y mi cuerpo se recubre de
una capa de protección ante el temor a la muerte, al dolor, al fin.
Nació en Australia, dije. Cuando ya la quebradura de mi
cabeza de fémur producida durante el accidente era cosa del pasado. Cuando de
no ser por la tremenda marca en el costado de mi cadera, y una leve cojera que podría ser tomada como
una excentricidad en el andar, no quedaron más rastros visibles de aquel
doloroso episodio en mi presente, de mi año postrada, de mi re aprender a
caminar y el bendecir poder hacer cosas tan simples como ir al baño por mí
misma.
Cuando me quebré, 25 años atrás, sufrí la complicación de una infección
intrahospitalaria. Parece que es bastante común que pase. Fue un episodio
grave. Yo solo recuerdo que la herida me supuraba y dolía, que tenía fiebre,
que los doctores se arremolinaban preocupados en torno a mi cama comentando,
especulando, aumentando la dosis de antibiótico, del calmante. Fue un maratón que casi estaba perdido porque
mi cuerpo no parecía tener fuerzas de pelear aquella batalla contra una
infección testaruda que no quería aflojar.
Estaba en Témperley, viviendo con unos tíos y recuerdo que en un momento
de desesperación, me cargaron a la ambulancia y me mandaron de urgencia de
vuelta al hospital. Ya la cosa estaba del todo grave. Mis glóbulos blancos
habían crecido exponencialmente, los rojos casi inexistentes… Yo no tengo
recuerdos de aquellas precisiones, solo que encontraba alivio en la somnolencia
que me embargaba en los estados afiebrados. Cuando llegamos al hospital me
acomodaron en una camilla, y como recurso desesperado me hicieron una
transfusión de sangre, mientras hablaban con mis tíos, diciéndoles que no había
mas nada que hacer. Que había que esperar que por milagro me recuperase. Yo no recuerdo todo esto. Según cuenta mi tía
Josefina pareció que había sucedido un milagro, porque con aquella transfusión
de pronto me volvió el color, hice una profunda respiración y me fui
estabilizando. No se sabe bien cómo, a partir de entonces la infección se fue
apagando, muriendo. Y lentamente me recuperé. Luego pasaron meses, me sacaron
el yeso, comencé a trasladarme con silla de ruedas, luego con muletas, tuve que
re aprender a caminar. A sentir la emoción de estar de pié, de dar los primeros
pasos liberadores. Esta rehabilitación fue para mí volver a la vida.
Pasaron los años y la memoria de aquello se fue olvidando,
mientras mis músculos tomaban fuerza y las pocas secuelas de aquel episodio se
hicieron parte de mi rutina. Estudie una carrera, viaje, encontré el amor y
viajamos el mundo. Los desafíos cotidianos fueron más fuertes y urgentes, deje
de pensar, definitivamente, en todo aquello.
Pero sucedió en Australia, luego de casi un año del brutal
esfuerzo físico, mental y espiritual que requirió la adaptación. Cuando me
empezaba a sentir cómoda en éste nuevo mundo, mi cadera comenzó a doler.
Primero una molestia razonable que pensamos que se debía a la enorme humedad
que estábamos soportando. Era el verano más caluroso y húmedo de las últimas
décadas, nos aseguraron los locales.
Pensé que quizás, había llegado el momento que me pronosticaron todos
los traumatólogos que me vieron en el pasado, de reemplazo de cadera.
Mientras nos organizamos para conseguir un turno en un
traumatólogo, sorteando las diversiones del sistema médico australiano y los
retrasos que originó una fenomenal inundación que nos aisló por un tiempo de la
ciudad mayor adónde tenía que ir a tratarme, la pierna me comenzó a doler más y
más. De pronto me encontré con que casi no podía caminar, con que a la noche
sentía mi cadera latir, hasta podía sentir cierto calor si me tocaba la herida.
Y un día volvió la fiebre. Llegué al especialista rengueando y tomando
antibióticos. Le explicamos que había sufrido una quebradura 25 años atrás, que
ahora me estaba doliendo y que calculaba que tal vez hubiera llegado el momento
de operarme… Me revisó serio. Era evidente que había algo de infección, haría
una punción para localizarla y así poder darme el antibiótico preciso, quizás
intravenoso. Que vuelva al otro dia a la tarde para internarme, sería algo
corto, de un par de horas.
Me hice un bolsito con mi camisón y el cepillo de dientes,
pensando que tal vez nos tendríamos que quedar la noche en Townsville, ciudad
en donde me harían la intervención. Cerramos la casa por el día, dimos de comer
a los perros y partimos. Pasé un día bastante malo, ya que desde que llegue al
hospital y me prepararon para la operación deje de tomar los antibióticos orales,
y por eso la fiebre subió mucho. Llegue a la sala de operaciones toda
transpirada. Me movieron de camilla y mi cuerpo dejo una marca de sudor que me
avergonzó. I am sorry… murmuré comprometida. Pero los doctores y enfermeros que
me atendían se miraron preocupados. Antes de operarme, como hacen acá, me
explicaron que harían, y me hicieron firmar un papel en el que yo consentía lo
que estaban haciendo. Si, dale, cualquier cosa para sentirme mejor. Firme
presurosa y me dispuse a la operación.
Cuando fui volviendo, reconociendo formas y contornos, pude
ver que Alistair se acercaba con expresión desahuciada, había hablado con el
doctor y la cosa era más grave de lo que él había pensado. La infección estaba
dentro del mismo hueso. “¿Pero cómo? Si no me había lastimado, no era posible,
debía de haber un error”.
- No hay error, confirmo el médico.
Paz se queda en el hospital hasta que se cure
–Bueno, está bien. ¿Se queda esta
noche, o todo el fin de semana? Aventuró Alistair preocupado.
-No, más
que eso. Hasta que se cure. Puede ser un mes o más. No hay plazos ciertos ni confirmados. Respondió.
Y así se fue, pobre mi amor, muerto de miedo y ansiedad a dormir a un motel
cercano, ya que en los hospitales de acá no dan camas para acompañantes. Para
el fue durísimo. Nunca había vivido nada así conmigo. Nunca había pensado en la
posibilidad de no tenerme, confesó desesperado. Y sin saber que estaba pasando,
de donde venía semejante enfermedad ni tener la certeza de poder erradicarla
definitivamente, vivió el terror de quedarse solo. Pasó los siguientes dos
meses viajando a cualquier hora del pueblito adónde estábamos instalados y él
tenía su oficina a Townsville. Eran 130 quilómetors que recorría dos o tres
veces por semana, agotado y preocupado. Nos extrañamos muchísimo.
Yo, a pesar de todo, estaba aliviada. Algo de mi sabía que
mi cuerpo estaba librando una batalla fundamental y que tenía que ser la
definitiva. Y confiaba que tendría a disposición las mejores curas y
comodidades para hacerlo.
Con el correr de los días y las explicaciones de los
especialistas fuimos entendiendo lo que había pasado. Al parecer, mi caso era
casi único en el mundo, salvo dos o tres mas conocidos hasta el momento. Había
sucedido que algo de aquella infección original y terrible de mi cadera de
hacía 25 años se había encapsulado y sobrevivido de manera latente cerca de la
herida. Y de la nada había despertado. Quizás el estrés ayudó a que sucediera,
no lo sabían. Tampoco sabían si me podría curar, ni cuando, ni como. Cuando las
infecciones se hacen crónicas es un asunto de por vida. EL doctor me visitaba a diario preocupado, y
observaba atónito como mi herida seguía supurando. La infección seguía viva a
pesar de las brutales dosis de antibióticos, de las operaciones de limpieza,
del correr de los días. Fue un mes entero de internación. Me habían pasado un pick line (que es un tubo finito que
te meten por una vena del brazo y va hasta el corazón) por donde me pasaban los
medicamentos con seguridad. Es el mejor sistema hasta ahora disponible para
tratamientos largos con antibióticos. Así y todo, la herida no cicatrizaba. Un
día el doctor me confesó desesperado.
–Quizás seguirá supurando de por
vida. No sé cómo curarte.
Sentí que tenía que tranquilizarlo, que darle esperanzas.
–No se preocupe doctor que yo me voy a curar. Soy muy fuerte. El doctor me
sonrió tímidamente. Así se hace, me dijo.
Pasé el segundo mes
en un hotel cercano al hospital, frente al mar. Regresando cada día al hospital
para que me cambien los antibióticos, y para tener una sesión de respiración
hiperbárica que también ayudaría a combatir la profunda infección. Yo no tenía
certezas, ni nadie me podía asegurar tiempos ni plazos, pero en medio de la
incertidumbre había una esperanza potente que me sostenía. Comprendí que mi
cuerpo era sabio. Que había guardado para mejor momento aquella batalla
fundamental que 25 años atrás no había podido ganar. Tuvo que pasar todo este
tiempo, tuve que haber encontrado mi amor, mi compañía, estar en el lugar
correcto en el que me pudieran cuidar con todos los adelantos y comodidades
necesarias. Era indudable que todo eso había sido por una razón. Dios mismo
estaba de mi parte, razoné, Él quería que me cure, me lo había demostrado con
éste impass de tantos años. Supe, con toda seguridad, que estaba en Sus manos y
ante semejante evidencia me relajé con confianza. Y con éste espíritu en alto,
logre sortear el último tiempo de mi enfermedad y recuperarme. No sin miedos ni
dudas que me asaltaban en momentos de debilidad, como pequeños demonios que
ponían en duda cada gramo de confianza que había conseguido. Pero con ésta
esperanza por sobre todo, como tabla salvadora en medio de aquel océano de vida
que hoy contemplaba.
Ya pasaron tres años desde aquel episodio. La infección no
volvió, aunque nadie me puede asegurar que no se haya vuelto a encapsular, como
la primera vez. Tengo que estar atenta y esta vez actuar con rapidez, si vuelven
los síntomas. De aquellos dos meses de confusión, dolor y miedo me quedo una
nueva herida. Profunda y casi tan impresionante como la primera, sobre la parte
delantera de mi cadera. Mis dos marcas de guerra, las describe Alistair. No
quiere que me las saque porque hablan de mi. Hablan de nuestra historia. A mi
tampoco me interesa, perdí los sueños de top model muchísimos años atrás,
cuando abandone la adolescencia. De vez en cuando molesta, no la cicatriz, sino
adentro. EL hueso quedó muy debilitado. Pasó mucho por allí, se libró una gran
batalla por ahora, vencida.
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