Esta es la historia de como conocí y me enamore de quien
ahora es mi esposo. De como persiguiendo un sueño que salió mal, terminé
encontrando otro mejor. De porque el amor para mí no es tanto empeñarse en
idealizar lo que no tenemos sino aprender a mirar con ojos nuevos lo que está
ahí. Y permitirle al milagro expresarse. Y observar con ojos nuevos la mas
potente magia jamás realizada, que es la magia de la vida.
Venía de un año de bajón, tras un año de aventura, tras un
año de bajón.
El bajón original sucedió casi terminando mi carrera de Economía Agraria, cuando me
cayó la ficha de que ya era hora de re armar mi vida. Le daba vueltas a mi desgano existencial, a mi
falta de interés, a mi poco entusiasmo por el futuro, hasta que comprendí que
había estudiado algo que no me apasionaba. Ni siquiera me interesaba. Y lo que
era peor, no había conocido a gente con mis mismos intereses, no había
descubierto ambientes en los que me sintiera cómoda. No podía brillar ni ser
feliz allí.
Había cortado con un largo y seguro noviazgo de 4 años varios
meses antes, porque aquel amor que hasta hacía tan poco me parecía fundamental
de golpe y porrazo también dejó de interesarme. Quería otra cosa. Quería tener mariposas en la panza,
una gran aventura que me movilice. Y sin mas ni mas corté la relación. Y me
lance a vivir completamente sola mi vida, con la loca certeza de que allí
afuera había alguien justo a mi medida. De quien me enamoraría perdidamente.
Con quién podría armar una vida llena de aventuras interesantes. Aposté por
mas, por todo lo que no había vivido hasta entonces. Y a corto plazo, me equivoqué.
Habían pasado bastantes meses en los cuales me sentí sola
como un perro, mal querida, incomprendida, fuera del mundo, desubicada y
miserable. No conocí a nadie que me enamorara
ni amara. Terminé mi quinto año de la Universidad pero me quedaron varias
materias sin rendir. No tenía fuerzas para enfrentar las arduas horas de
estudio. ¿Total para que? Si ni siquiera
me interesaba graduarme. Estaba amargada
con la vida, con la soledad, con haber apostado a un sueño insensato. Por haber
intuido con tan poco tino que había alguien especial para mi, esperándome. Que
tarada.
Pero antes de rendirme y con la sospecha de que todo el
problema era haber nacido en el lugar equivocado, decidí emprender una aventura
que con suerte, me cambiaria la vida. Me
iría de viaje a Europa por 6 meses o mas. Conocería otro mundo, otra gente,
otra forma de vivir. Tal vez conocería un nuevo amor y emprendería un camino
interesante.
Muerta de miedo por dejar lo conocido emprendí aquella
aventura en la que aprendí muchas cosas y conocí a mucha gente, pero no
encontré el amor. Si algún intento frustrado que casi me rompe el corazón para
siempre. Era un noruego buen mozo, Martin, al que conocí en un curso de alemán
en Innsbruck. Me había instalado allí ya que me enteré de que estaban dando
clases de alemán gratis en la Universidad, y con la absurda lógica de viajera
sin rumbo había decidido comenzar. El amor frustrado con Martin duró bien poco.
Dos o tres semanas de idilio e incomprensión. Había comenzado con un intercambio
de miradas cómplices durante algunas clases, luego una o dos salidas que implicaron verlo tomar
litros de cerveza y ayudado por el tónico escucharlo relatar vívidos y trágicos
episodios de su vida que al menos a el,
lo conmovieron. A mi no tanto ya
que aunque me esforcé hasta marearme, no logré entender por completo el
perfecto y envidiable inglés de los nórdicos. Me quedaron miles de baches y
malos entendidos que traté de disimular con sonrisas. Pero de alguna manera y a pesar de mi falta de
respuestas lúcidas, mi compañero se sintió comprendido y aceptado. Parecía
contento. Incluso, en el furor de las cervezas, me sugirió que fuera a su
ciudad, ya que allí podría encontrar trabajo en una información turística como
hispanohablante… De pronto me pareció que el mundo se me acomodaba, que había
logrado encontrar un lugar suficientemente alejado, interesante y exótico. Y un
amor que justifique mi existencia. Nos dimos algunos besos cortos y confusos,
caminamos de la mano… ¡Que lindas manos tenía! El tamaño y el calor perfectos.
Me encantaban. Me enamoré perdidamente de aquel ser extraño e incomprensible.
Pero luego las charlas que se sucedieron fueron tan difíciles y llenas de malos
entendidos que la sugerencia de ir a Noruega no volvió a repetirse. Una lástima que no hablara inglés mejor, me
hubiera gustado tanto poder conversar con el, explicarle tantas cosas,
resultarle interesante. Pero no. Como me lo había adelantado desde el primer
día, llegada la fecha acordada se volvió para Noruega y yo me quedé sola en
Innsbruck, con el corazón roto, confundida, humillada y apaleada. Gabi, una rosarina macanuda que
conocí allí y quién me abrió las puertas de su casa y su corazón con enorme
generosidad, me dijo un día. “Yo creo que a vos te pasa lo que me pasaba a mi
antes, fratás de encontrar el amor con violencia… Y el amor así no funciona…”
Así que con un vacío en el alma y un nudo en la garganta
decidí continuar mi viaje. Conocer otros lugares, otra gente, otras historias.
Ya con un gran reparo en cuanto a enamorarme, al menos de nadie que no hablara
castellano. Recorrí sin brújula ni
lógica varias ciudades de Alemania con su sincronizada pulcritud que de alguna
manera me contenía. Conocí Suiza, me
apasionaron los viajes en tren atravesando los majestuosos Alpes nevados, ¡que
maravilla!
Me manejaba con mi pase en tren con toda soltura. La
confiabilidad de los horarios y plataformas de donde salían los trenes a
diferentes destinos me daba confianza, creía que me podía mover por Europa como
pancho por su casa.
Un día conocí a una española hermosa, casada con un próspero
hombre de negocios Belga. Escuchó mi historia de amor fracasado con Martin con
lágrimas en los ojos. Le conmovió mi pena al contarle que en realidad no me
había engañado ni mentido en ningún momento, yo sabía que estaba de paso y que
se volvería a Noruega, pero igual me había hecho ilusiones de que me llevara
con él … La culpa era toda mía. Cuando terminé el relato me aconsejó con
vehemencia. “Mira, si todavía no estás enamorada de nadie, anda a buscar a un
amor que sea de tu país. Mejor de tu pueblo, y mejor todavía que sea tu vecino.
Las diferencias culturales, tener que dejar todo lo conocido, cambiar de
ambiente tan radicalmente es muy duro. Yo te aconsejo que te olvides del noruego
y te vuelvas a buscar un amor mas cómodo y posible a tu casa”. Algo de mí se
convenció con aquel consejo tan serio, tan comprometido viniendo de una mujer
que había hecho justamente lo contrario. Era como una confesión de mujer a
mujer que yo no podía ignorar. Creo que ese día decidí que mi viaje estaba
terminado en lo que respecta a amor. Seguiría la aventura por curiosidad
intelectual, por así decirlo, y me volvería a casa cuando estuviera preparada.
Seguí viajando, me
enamoré de Venecia, Florencia… Con tozudez inigualable volví a intentar
aprender Alemán… nada menos. Y me instalé en Freiburg, ciudad universitaria de
Alemania occidental. Seguí conociendo gente, hice grandes amigos e intenté
enamorarme con violencia y sin éxito una vez más. Al menos no era alemán, sino un argentino
viviendo allí. Pero tampoco funcionó. Ya habiendo pasado casi un año desde que
saliera de casa, y viendo que emprender un camino en un lugar ajeno requeriría
demasiado esfuerzo, decidí ir volviendo.
Así regresé a Buenos Aires un par de meses después, con
quince quilos de sobrepeso y una gran amargura en el corazón. Mis intentos de
inventarme una vida habían fracasado.
Ahora volvía a mi cómodo departamento del barrio de Belgrano
para descubrir que encajaba aun menos que antes con el resto de la gente. Pero
sabía que alla afuera tampoco estaba el amor. Al menos no para mí. Y ese fue el segundo
gran bajón que le siguió a la aventura.
Claro que tenía familiares, que había amigos, que no estaba
tan sola como yo creía. Pero yo sabía que nadie podía comprender realmente mi
soledad, mi vacío. Mi aburrimiento. Fueron
meses en los que toqué el dolor, la desconexión con el mundo y la soledad.
Así y todo, soy una sobreviviente. Mi cuerpo, bendito sea,
muchas veces funciona mas alla de mi mente, como si fuera una entidad
independiente. Y asi se levanta, disca un número, organiza una rutina, se pone
metas y avanza. Al principio sin mi, después me va llevando. De esa manera empecé a estudiar las materias
pendientes, dar exámenes, volver a indagar actividades que me motiven. Así me
conecté otra vez con la escritura. Ingresé a un taller literario que me partió
la cabeza. No se si fue el taller en sí o el hecho de haber dado con una
actividad que disfrutara tanto como escribir, como expresarme.
El amor… no me animaba ni a acariciar aquel sueño. Ya había
decretado que aquello no era para mi, que no había nacido en el momento
correcto, en el lugar correcto ni en la circunstancia correcta para coincidir
con mi alma gemela. Me dedicaría a
seguir viajando cuando pudiera, haciendo actividades que me gusten mientras
pudiera y a no poner expectativas en la pareja. Quizás fuera una solterona toda
la vida. Pero al menos habría hecho cosas interesantes.
Y ahí andaba, a los tumbos con mi vida que se quería
encarrilar de un lado, pero que le faltaba tanto sustento que se me caía de
todos los costados. En una materia me fue mal y me derrumbé. Alguien me comentó
que había salido una promoción para ir a esquiar a Chile una semana, parando en
un albergue de la juventud. 500 pesos. Todo incluido. Era todo lo que me quedaba en la cuenta. Maaaasií,
me mando.
Y allí fui, sin más expectativas que esquivar a la depresión
de enterrarme sola en el Buenos Aires húmedo y frío de Julio. Fiel a mi
consigna de emprender actividades que me gustasen. Y esquiar era uno de mis
hallazgos de los últimos años. Fue una semana mediocre. El cerro Colorado queda
pegado a Santiago. Allí nos llevaba una combi todos los días mediante un viaje
de 45 minutos trepando por una espiral infernal. Nunca logré completar el
periplo sin pedirle al chofer que pare para dejarme salir a vomitar. Esquiar es lindo, pero como toda actividad
intensa, siempre es mejor estar acompañada. Yo iba y venía sola, con cuidado de
no accidentarme ya que quien sabe quién me rescataría y cuando… Disfrutando un
poco y lamentando mucho.
El último día estaba destinado al relax. Un día en Santiago
de Chile, ciudad a la que no conocía. En el desayuno del albergue me encontré
con un grupo de jóvenes aventureros. Querían respirar Santiago, las costumbres
latinoamericanas, los sabores del tercer mundo. Yo aún siendo turista, estaba
mas de local. Entendiendo el idioma uno vive mas alerta, entiende adonde va,
que se puede hacer. Había escuchado que esa mañana estaban realizando una feria
del libro usado en una plaza cercana. Con sed de encontrar alguna pista
literaria por donde seguir carreteando mis sueños de escritora, propuse el
destino. El grupo estuvo de acuerdo y allí partimos, unos 9 o 10 extranjeros de
diversas nacionalidades. Un par de alemanes, un suizo, un escoces, dos chilenas
del norte, un yanqui, un uruguayo y yo.
La feria resultó chiquita, sin particularidades
interesantes. Seguimos viaje hacia el centro a comer algo. Alguien propuso una
película y allí nos zambullimos, luego otra caminata hacia un mercado
artesanal, y así seguimos deambulando sin rumbo todo el día. Los alemanes me
parecieron buen mozos, y el yanqui creo que también. Pero yo tenia bien clarito
que con gringos no valía la pena nada. Había otro personaje, un escocés, que me
daba charla en una jerga totalmente incomprensible y me ponía incómoda. Me
incomodaba no poder hablar, no poder entender que decía y no poder parar sus
monólogos probablemente interesantísimos, pero totalmente incomprensibles para mi
ingles elemental. Así que decidí cortarle el rostro sin disimulos. No me
interesaba. Pero para mi sorpresa, algo
en su expresión casi dolorida ante mis desplantes me conmovió. Me apresuré a
decirle que no se sienta mal, pero que no quería hablar con él porque no le
entendía. No era nada personal. Y allí otra vez tomó coraje el charlatán, pero
ahora hablando la misma jerga incomprensible mas despacio y haciendo visibles
esfuerzos por hacerse entender. Que hincha pelotas, pensé… Ni siquiera es el
mas buenmozo… Pero ahí estaba el tipo de lo mas interesado haciéndome preguntas
que yo quería evitar. Que qué me gustaba leer… que se yo… que puede conocer
este tipo de mis últimas lecturas… De pronto recordé un librito que me había
interesado por la forma ocurrente y lúcida de escribir, por la originalidad de su historia, la gracia
con la que describía escenas y personajes. El autor era un inglés que había
conocido hace muy poco. El hobbit? Tolkien? Le tiré medio desesperada por
hacerme entender. Para mi sorpresa, mi interlocutor pegó un grito de entusiasmo.
-¡Tolkien is is my favourite¡ ¿Did you read Lord of the Rings?
-No… I do not… Respondí insegura. ¿Qué
me estará preguntando ahora? ¿no
le bastó con el hobbit?
-You have to read Lord of the
rings, it is the best book was ever written, you will love it!- Me
aseguró, y seguimos “la charla” más distendidos. Esa noche salimos todos a un
boliche. El escocés ya era mi compañero definitivo, me llevaba para todos lados
de la mano, y yo me dejé llevar. Total por una noche de tirar la chancleta,
pensé, que me importa. Mañana me vuelvo a Buenos Aires, por lo menos me
divierto un poco. Bailamos un rato, nos dimos unos besos, anduvimos de la mano
jugando a que eramos novios. Nos volvimos al albergue en taxi, y me maravillé
del sentido de orientación de mi escocés tan particular. Era todo un personaje
que me asombraba y de alguna manera me daba confianza, seguridad. Entre su
charla infinita me había contado muchas cosas que no había comprendido del
todo. Estaba buscando trabajo en Sudamérica. Pobre de vos, pensé para mis
adentros, no sabés en la que te metiste… Me contaba de su último trabajo en
Australia, fascinante, interesantísimo, divertidísimo. - ¿De qué trabajaste?
- Algo Underground… Great fun, bla,
bla, bla…
“Underground” Medité
confundida, mientras mi mente trataba de entender, de dar lugar, de ubicar a éste
espécimen primermundista. De pronto recordé, perpleja, que Underground se le
llama al subterráneo… “’¿este tipo será chofer de subte?” Me pregunté casi
admirando su enorme capacidad de fascinación
con una tarea que hubiera jurado que sería un embole. Pero quién sabe,
quizás, después de todo, estuviese delante de un filósofo sabio que sabía apreciar la vida mas alla de las
circunstancias… quizás hubiera dado con un auténtico gurú de la modernidad, o
tal vez, simplemente, mi noviete fuera un mentiroso compulsivo que no podía
parar de darse corte con cualquier cosa. Que importaba. Me estaba divirtiendo
por mi última noche en Santiago. Mañana sería yo la que me volvería a casa y me
olvidaría de todo aquello, que importaba ahora clasificar a cada personaje en
su lugar.
Esa noche me fui a dormir conforme conmigo misma. A la
siguiente mañana me sorprendió descubrir
al candidato prolijamente afeitado y esperando nerviosamente que bajara
a desayunar. Ya casi me había olvidado de su cara, porque me costó reconocerlo.
Con la cara un poco rojiza e
inflamada por la afeitada. Le sonreí con naturalidad. “A seguir la farsa”,
pensé. “En unas horas me subo al colectivo de vuelta al aeropuerto y final de
historia.”
Me propuso ir a caminar a la peatonal, y almorzar en un
lugar bueno que conocía. Dale, vamos, acepté conforme. Me dejé llevar de la
mano, encantada. Mi personaje me guiaba con decisión y cuidado, sosteniéndome
firme, atento a cualquier paso en falso que pudiera dar. Me dio mucha gracia.
Me sentía feliz, tranquila, desprejuiciada. Una adelantada del primer mundo.
Llegó la hora de partir y nos despedimos. Yo no sentía gran pena. Había sido
alguien divertido para pasar el momento, pero estaba agotada del esfuerzo para
comunicarme. Igual le ofrecí, como cortesía de viajeros, que si quería ir a
conocer Buenos Aires podía venir a casa.
Y emprendí mi regreso sin pesar. Y aunque me aseguraba a mi misma que no
había vivido ninguna historia importante, no pude borrar la enorme sonrisa que
tenía dibujada en la cara durante todo el viaje de regreso.
De nuevo en casa retomé la vida con mas energía. La
felicidad inicial me dio impulso para avanzar unas semanas con confianza en mi
misma. No pensaba que lo vivido en Santiago había sido tan trascendental, pero
sabía que había sido lindo, interesante. Que de algún modo, aún sin entender ni
conocer demasiado a aquel jovencito charlatán que ya se me desdibujaba en la
memoria, sentía que junto a él había estado cuidada, apreciada. Y empecé a
extrañar esa sensación.
-¿Por que no lo
llamás, a ver si viene a visitarte? Me propuso Liliana, mi sicóloga de
entonces.
Y así disqué el número del albergue y dí con mi pretendiente,
quién me aseguró sorprendido que en ese momento había ido a buscar mi número de
teléfono. Se acababa de abrir el paso internacional cerrado hasta el momento
por una gran nevada, y estaba preparándose para ir a Buenos Aires.
Al otro día lo fui a buscar a Retiro. Me sorprendió para
bien verlo bajar sonriente del colectivo. Era mas lindo de lo que recordaba. Me
lo llevé a casa y pasamos una semana de lo mas desprejuiciada, sin horarios,
sin esquemas de ningún tipo. Hicimos el amor medio de sopetón, porque se me
había ocurrido que esa sería la manera de romper el hielo y de cambiarle el
tono a la charla. No fue un episodio demasiado brillante, los dos parecíamos
bastante inexpertos y torpes. Pero al menos marcamos un hito de intimidad que se
fue sellando durante la semana que pasó en casa. Me dediqué a pasearlo por
todos los lugares turísticos que se me ocurrieron, y pude apreciar Buenos Aires
con otros ojos. Me encantó. Sobre todo porque paseaba de la mano de un chico
lindo, un extranjero que atraía miradas y me enorgullecía que fuera mío.
En casa, para su sorpresa, descubrió que el grupo musical que
hacía poco había descubierto, del cual tenía todos los álbums que conseguí
rebuscando en las disquerías de la zona era ni mas ni menos que un grupo
escocés, con el que él había crecido bailando y cantando. Vecinos de su pueblo.
Marilllion. Encontró otro de sus favoritos entre mi selección de música. Pink
Floyd. Y las coincidencias pudieron mas
que nuestras enormes diferencias, e incluso que nuestra dudosa comunicación.
Me regaló una copia de El señor de los Anillos, de Tolkien,
con la promesa de que leerlo me iba a fascinar. Lo guardé para cuando tuviera
mas tiempo libre, luego de rendir las últimas materias, ya que eran tres tomos
abultados.
Sobre todo me encantaba la disposición de mi escocés para
comprometerse, para hacerse responsable, para cuidarme. Al contrario de lo que
había percibido en la generalidad de los chicos que había conocido, que no
había que apurar porque perdían interés o arrugaban. Este parecía estar ávido
de compromiso. Y era evidente que estaba haciendo grandes esfuerzos por
encontrar la manera de comunicarse mejor conmigo. Tiraba palabras en
castellano, repetía otras tratando de corregir su pronunciación, preguntaba
como decir tal o cual cosa. Un día, mientras volvíamos de San Telmo, aferrados
al caño del 152 que avanzaba a los barquinazos por Paseo Colón me miró a los
ojos y me dijo conmovido: -Vos es mi novio
Me dio tanta risa y tanta ternura que ni pensé en
rechazarlo. Nuestra relación era una locura pero que importaba. Para que
pincharle el globo si ya se estaba yendo…
En eso se comunicó con su familia, quienes le avisaron que
habían recibido una llamada de una empresa que estaba interesado en contratarlo
en Chile. Tenía que volver cuanto antes
a Santiago.
-Bueno, dale, anda, Pensé aliviada. Final feliz. Todos
contentos. Improvisé un almuerzo de lo mas sofisticado a modo de plato final,
mezclando varios tarros casi vacíos de mostaza y mermelada que tenía en la
heladera y un pedazo de pollo que había sobrado de la noche anterior. El
menjunje resulto bastante exitoso. O al menos así lo aseguro mi agasajado,
quién se mostró impactado por semejantes cumplidos. Y esa tarde partió raudo
para Santiago de Chile, a averiguar de que se trataba su nuevo trabajo. A los
pocos días me llamó excitadísimo. Tenía un trabajo espectacular en La Serena, y
le daban una cabaña para él solo. Quería que vaya a visitarlo y mostrarme las
delicias de la costa chilena. ¿Podría ir la semana que viene?
-No, pará. Tengo que dar un examen. Tampoco voy a salir así
como así. El mes que viene. Le aseguré, poniendo distancia. Su voz denotó
cierta desilusión, pero estaba bien. Me dijo que me extrañaría, que quería que
el tiempo pase rápido.
Resumiendo bastante, viajé varias veces a La Serena adonde
me sentí agasajada y cuidada como nunca antes. Probé los mariscos Chilenos,
manjar en el que nunca antes había incursionado. Deliciosos. Volvió a Buenos
Aires en sus turnos libres y seguimos paseando y disfrutando de la mutua compañía.
A medida que aprendimos a comunicarnos mejor entre nosotros, que construimos un
código de lenguaje propio para entendernos, fui descubriendo los misterios que
en un principio me habían confundido. Era geólogo de profesión, y su trabajo Underground
en Australia no había sido manejando un subte, sino en minas subterráneas.
Viajar a sud américa buscando trabajo de
geólogo no era tan absurdo como me pareció en un principio, ya que la geología,
especialmente en Chile, era una actividad mayor. Y en Argentina teníamos todo el potencial
para desarrollarnos.
Y sin meditarlo demasiado, dejándome llevar por lo que nos
fuera pasando, me fui enamorando hasta no poder imaginar otra vida que junto a
mi escocés estrafalario. Llegó fin de año y festejamos mi graduación. Nos mudamos al campo, adónde ya había
conseguido trabajo cerca de casa. Nos compramos dos perros y nos arreglamos un
puesto semi derruido como nuestro nido de amor. Leyendo el señor de los Anillos
descubrí un mundo y una aventura apasionante, que quise seguir viviendo para
siempre.
Nuestra vida desde entonces fue parte de una increíble aventura
todavía inconclusa. Sobresaltada, rica en experiencias, en aprendizajes, en
viajes, en adaptaciones. Agotadora, por momentos. Pero interesante, bella,
mágica y también difícil. Quizás como la de todas las parejas del mundo. Como
nuestro amor, al que le fuimos encontrando la vuelta a fuerza de cariño, voluntad
y esfuerzo, a fuerza de ir dejando de lado los prejuicios, las opiniones y las
formas correctas o incorrectas de hacer las cosas.
A medida que fui capaz de aceptar que la realidad a veces no
parece ideal, ordenada ni correcta, fui aprendiendo a ver que igual está bien,
que igual se puede. Que igual, si uno le es fiel a lo que su corazón anhela en
lo más profundo, a la corta o a la larga se vencen todos los obstáculos y todas
las barreras para que aquél loco sueño vaya tomando forma en nuestra vida.
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