Viaje Bisagra
Viaje
madre, viaje revelador, viaje de iniciación
Surgió de
un día para otro. Tirado de los pelos, como un manotazo de ahogado. ¿Manotazo
de ahogado, dije? Mmmm… tal vez en un sentido lo haya sido.
Yo por esos
entonces andaba mental y espiritualmente ahogada, atravesando mi crisis del
último año de la facu… Tenía 23 años, y hasta entonces no había viajado sola,
en una aventura personal. No tenía idea de la magnitud de nuestro planeta, ni
de su enorme variedad. Solo conocía lo que
me había tocado a mí y estaba convencida de que otros habían tenido mejor
suerte.
Pilar, una
compañera con la que en verdad no teníamos gran amistad ni relación, mencionó
que se estaba por ir a esquiar a Bariloche y que le había fallado la persona
que iría con ella, así que viajaría sola. Nunca en mi vida había esquiado, no
conocía la nieve ni la montaña. Pero de pronto el programa me pareció
interesantísimo. –Si tenés ganas te puedo acompañar, sugerí antes de pensarlo.
Pilar me
miró sorprendida. –claro, pero… tenemos que hacer las cosas rápido… Salgo en
tres días…
Los tres
días alcanzaron para comprar pasajes, pedir permiso en el club con el cual
íbamos para que yo pueda usar la cabaña, conseguir alguna ropa imprescindible
para esquiar y demás detalles. Subimos al avión y yo me senté emocionada en mi
lugar. Cuando el avión comenzó a
carretear por la pista, y luego dejamos atrás aeroparque, la costanera y la ciudad de Buenos Aires, mi corazón dio un
vuelco. Todo era diferente, extraño, interesante. Mi amiga me explicaba paciente cada cosa, y yo
asentía obediente, consciente de que era poco mas que una paisana recién traída
a la ciudad. Era una analfabeta en todo lo referente a viajes aéreos, nieve,
esquíes…. Estaba ingresando a un mundo absolutamente desconocido.
Fue una
semana increíble. Todo me emocionaba y divertía. Pisar la nieve, respirar el
aire frio haciendo nubes de humo al exhalar, el contraste mágico de la montaña
nevada recortada en el perfecto azul del cielo, los pinos nevados, los caminos
resbalosos y helados, la comida exquisita del refugio en el que nos alojábamos.
La gente feliz, contando cada noche sus
progresos y aventuras en la montaña. Probablemente una vez de vuelta en casa
cada cual regresara a su mundo y nunca nos volveríamos a ver, pero allí todos
parecíamos de la misma familia.
Llegaba a
la noche exhausta y feliz, luego de haber practicado todo el día los ejercicios
iniciales para aprender a esquiar. Me tiraba en la cama sintiendo mis músculos
ardiendo de dolor y mi corazón palpitando. Cómo me gustaba esa sensación de
deslizarme en la nieve, ese equilibrio imposible que de vez en cuando lograba
mantener mientras avanzaba, esa sensación de haber descubierto algo por lo que
valía la pena vivir. Si la vida fuera siempre así: un disfrute, una aventura,
la emoción de la montaña conquistada….
¡Y que
buenos mozos los instructores!! Todos austríacos, todos tan profesionales y
hábiles… Por supuesto, como habrán adivinado, me enamoré perdidamente del mío.
Se llamaba Georg. Un joven tirolés de melena castaña y ojos color miel. Todo en
él me parecía mágico e interesante. Hermoso. Sobre todo me enamoró esa forma de
vida que llevaban los instructores. Viajaban para enseñar a esquiar en otros
continentes, y así se financiaban sus viajes y de paso conocían. No tenían casa
fija pero siempre estaban conociendo otros lugares y otra gente. No estaban
atados, vivían al cien por ciento de sus posibilidades. Que vida
aquella… Nunca la había soñado y sin embargo allí se me mostraba como
una opción, un camino que me atraía recorrer. Que me decía que no existían los
imposibles, que el mundo estaba al alcance de nuestras manos y que podíamos
recorrerlo para descubrir nuevas opciones.
Termino la
semana y nos volvimos a Buenos Aires. Pero la vida para mi había cambiado, ya
nunca nada volvería a ser lo mismo.
Soñé con el
reencuentro con Georg durante su paso por Buenos Aires durante semanas. El amor
por él fue creciendo hasta hacerse absoluto y excluyente de cualquier otra
opción. Soñaba dormida y despierta con ese joven interesantísimo y nuestro amor
increíble. Pero por esas cosas de los viajeros se adelantó su vuelta y no
coincidimos en Buenos Aires. Cuando me enteré me sentí devastada, pero la
terrible circunstancia fue para mejor. El sueño de verlo me dio fuerzas para
emprender mi próximo viaje a Europa, para encontrarlo y darme cuenta que no era
el hombre de mi vida ni la persona que había soñado. Y sin embargo encontrar un
mundo que me abriría la cabeza y vivir otra gran aventura.
Aquella
semana en Bariloche fue para mi el puntapié para encausar mi vida por un rumbo
impensado y del que ya no podría retroceder.
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