Si, ésta es una historia de cucarachas. Pero no me mal
interpreten. Ya se que estarán arrugando la nariz mientras piensan:
“Puaajjjj…..cucarachas…” y se imaginarán a esos bichos marrones brillantes, resbalosos
y movedizos que les gusta meterse en los lugares mas oscuros de la cocina para
robarse bocadillos incomibles que la escoba no alcanzó a barrer. O también pensarán en aquellas otras que se
acomodan cerca del baño, para alimentarse quién sabe de que asquerosidad que por
allí encontrarán. Pero no. Estas cucarachas de las que hoy voy a hablar, eran
de una estirpe bien diferente. Eran una antigua familia de cucarachas viajeras.
Cucarachas educadas.
Tenían cuatro
apellidos porque, como casi nadie de su especie, llevaban un preciso registro
de su árbol genealógico, para no olvidarse de sus ancestros. Eran la familia
Gonzáles Figueroa Rodriguez Mendieta, y gozaban de cierta reputación entre los
de su pueblo. Además hablaban muy correctamente y vestían con elegancia y
pulcritud. Razones de más para distinguirlos de sus vecinos.
La mamá de la familia se llamaba doña Irupé y usaba aros de
perla y zapatitos rosas cada vez que religiosamente, todos los domingos a la
mañana salían para misa. El papá se llamaba Don Gervasio, y tenía bigotes y una
panza respetable para un caballero de alta categoría. Y los dos hijitos eran
Lola y Lalo, dos niños a los que daba gusto verlos tan prolijitos y bien
educados.
Vivían en un gran
hueco detrás de una baldosa floja del bajo mesada de la cocina grande, al que
habían amoblado con el mejor gusto. Tenían una enciclopedia de 100 volúmenes de
la Real Academia Cucaracha a la que don
Gervasio acudía cada noche para interiorizarse de diversos asuntos de importancia.
Y así, durante sus conversaciones con amigos y parientes, siempre podía
sorprenderlos con nuevas ideas o reflexiones que los dejaban pensando. Doña
Irupé asentía orgullosa y Lalo y Lola lo miraban llenos de admiración. Cuando fueran
grandes querían ser tan sabios como su papá.
La vida de la familia Gonzáles Figueroa Rodriguez Mendieta
transcurría por aquel entonces con relativa tranquilidad y confort. Pero
sucedió que un día los inquilinos de la cocina grande decidieron colocar a
pocos pasos de la puerta de su casa, un mortal artefacto que don Gervasio había
tenido ocasión de conocer antes de la gran masacre de la que salió con vida por
un pelo. Desde afuera parecía un especie de galpón espiralado de lo más
atractivo. Incluso despedía un aroma irresistible que invitaba a ingresar a sus túneles. Pero
él sabía que fuera lo que fuese que había adentro, no sería nada bueno, porque había visto con sus propios ojos como
amigos y conocidos salían de él arrastrándose para morir a los pocos pasos. El, por aquél entonces, no había podido ir a
investigar como el resto por culpa de un
resfrío que lo mantuvo en cama por una semana entera. Al tiempo de la gran
tragedia que aquel vistoso galpón ocasionó, comprendió que probablemente este
detalle lo mantuvo con vida. Porque hasta entonces nadie se explicaba a que se
debía la muerte fulminante que arrasaba con la población. Cada uno de los
miembros del pueblo, salvo don Gervasio, fue atraído por la novedad de los túneles para
luego morir inexorablemente en lo que por mucho tiempo se recordó como la gran
masacre.
Por eso puso el grito en el cielo ni bien se dio cuenta que
se trataba del mismo tipo de amenaza. Comenzó a gritar como un desaforado para
alertar a la población, que lo miraba con cierta reprobación. Porque no está
bien visto entre las cucarachas andar gesticulando o alzando la voz de
semejante manera. Un vecino sentencioso, que siempre le habían tenido un poco
de envidia por su aparente superioridad y sus aires de caballero, maneando la
cabeza sentenció: “Ya decía yo, tanto leer la enciclopedia lo iba a terminar
enloqueciendo…” Otro, envalentonado por el giro que habían tomado las
circunstancias dijo con aire de superado: “Pero por favor… Don Gervasio… no nos
pongamos extremistas… hoy en día las cosas han cambiado. Ya no vivimos en la
era paleozoica…” Otro acotó, punzante:
“Pero no ven que lo dice porque quiere ser él el primero que conoce los túneles
y luego venir a dar cátedra con sus
conocimientos...”. “Siempre llamando la
atención…” se escuchó en un murmullo mal
disimulado. “Se trata en realidad de un circo moderno, no ven la forma
aerodinámica de la entrada” Aseguró categórico un cucaracho que veía poco, pero
gustaba de convencer al resto de que las cosas eran como el decía que eran.
Siguiendo la línea de semejante argumento, otro mas imaginativo agregó: “Es en
realidad un parque de diversiones. Yo tengo un primo que una vez estuvo en uno
y me contó que se tiraba por túneles negros y lustrosos hasta una pileta llena
de golosinas…”. “Golosinas!!” Exclamaron los mas chicos. “Parque de diversiones!”
Repitieron los mas aburridos…. E imagínense el revuelo que se armó en el
pueblo. En medio de una vida chata, aburrida y predecible, ocurría el milagro.
Se armó tal alboroto que todos comenzaron a saltar y a vitorear enloquecidos
por semejante suerte. Y a mirar con desprecio y resentimiento a la familia
Gonzáles Figueroa Rodriguez Mendieta.
Don Gervasio y su familia no podían creer lo que escuchaban.
Nunca les había sucedido que su palabra fuera desoída o directamente
menospreciada de esa manera. El golpe de semejantes cuestionamientos les pegó
fuerte, pero no amedrantó el espíritu de
la familia que de alguna manera se sentía responsables de los destinos del
pueblo. Don Gervasio decidió confeccionar carteles y signos de peligro en la entrada, para
alertar de la trampa mortal. Instaló
además un palco en la plaza central desde el cual se apoltronó noche y día a
pregonar sobre los peligros del extremo de curiosidad y necedad del género
cucaracho.
Doña Irupé trató de convencer a su grupo de señoras
cucarachas amigas para que hicieran entrar en razones a sus familias. Organizó
un té de caridad en el que repartió folletos recordatorios de la gran masacre y
las similitudes de los túneles espiralados.
Lalo se puso su casco de bombero, empuño su espada del zorro
y se instaló en las proximidades de la entrada para impedir que nadie penetrara
en ella. Esto le valió varios duelos casi a muerte con algunos de sus amigos,
muchos empujones, rasguños y pedrazos. Al fin, descorazonado, se tuvo que ir a
refugiar a su casa y ver salir borrachos y casi sin vida a varios de sus amigos del nefasto laberinto. Y Lola,
que era demasiado chiquita para hacer nada, se puso a llorar a lágrima viva
porque sabía que algo muy malo estaba pasando.
Fue un día terrible. Muchos cayeron en la trampa.
Inconscientes, orgullosos o demasiado
empecinados, hicieron caso omiso a todos consejos y recaudos de la familia
Gonzáles Figueroa Rodriguez Mendieta.
Muy pocos les creyeron e hicieron caso desde el primer momento. Hubieron
otros que aunque no estuvieron del todo de acuerdo con la prédica de don
Gervasio, no se animaron a entrar primeros y luego de constatar la suerte de
los más aventureros, desistieron.
Fue un día terrible. Pero a partir de entonces pasaron tres
cosas importantes. Una que don Gervasio se ganó
el verdadero respeto y admiración de sus congéneres, y esto lo lleno de
orgullo. Dos, que entendió que está bien avisar, pero que no se puede convencer
a los otros por la fuerza de ninguna cosa por mas verdadera que sea, porque el
destino de cada uno es seguir su propio camino, y la tercera es que a partir de aquél día
entre las cucarachas, cuando quieren decir que alguien murió dicen “se fue al
parque de diversiones…”
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