A raíz de
mi último escrito, en el que enumeraba
algunos de los “pros” o ventajas de vivir en Buenos Aires, se me despertó la
veta filósofa. Así que acá sigo recapacitando, recordando y entendiendo el
proceso de aprendizaje en el cuál me he embarcado. Y estas son algunas de las conclusiones a las
que he arribado:
Creo que me
vine a Australia a terminar de hacerme cargo de mi vida. Sin ningún tipo de
ayuda, sin ningún privilegio, sin atenuantes.
Ya había empezado el proceso de hacerme cargo de mi vida hacía años,
desde el accidente, cuando el mundo se me dio vuelta y quedé en pelotas. Yo y
mi alma para decidir seguir o quedarme. Para apostar a meterle para adelante o
dejar que la vida me arrastre hacia la orilla, hacia el medio del torbellino, o
al fondo. Creo que sin mucha consciencia
y con gran Ayuda, mi Ser fue eligiendo, fue haciendo, fue re armándose. A los tropezones, a las atropelladas, a los
barquinazos. Como sea, fui volviéndome a parar, fui re aprendiendo a caminar y
a dar pasos. Pasaron muchos años, muchas cosas, mucha gente. Parecía que ya
estando casada, con una vida posible y un camino transitable ahí me instalaría.
Pero no. Todavía había mucha insatisfacción,
mucho por aprender, mucha necesidad de movimiento.
Y de un día
para otro, tirado de los pelos y casi por arte de magia apareció la gran
oportunidad que nos movilizó. Venir a Australia con trabajo para mi marido. Nos
trasladaban a nosotros y a nuestros perros… Todo que dejar, todo que apostar…
Pero la necesidad de movimiento fue mas fuerte y no pudimos resistirnos a la oferta.
Organizamos la mudanza en un mes, cerramos la casa de Esquel para ponerla a la
venta y nos vinimos.
No estaba
en mis planes el enorme esfuerzo que esta movida ocasionó. Físico, espiritual y
mental. Enorme. Hoy, sabiendo lo que implicó, conozco que no podría volver a
hacerlo. En su momento no lo tuve en cuenta
y me mandé con cuerpo y alma a la gran aventura. Dejé todo en la cancha. Todo. Tanta
energía gasté que hasta resucitó el
bicho que yacía adormecido en la cadera luego de aquella primera infección que
dejó el accidente, 20 años atrás.
Como dije
al principio. Hoy creo que me vine a Australia a terminar de hacerme cargo de
mi vida, sin ninguna ayuda. Porque si bien pensaba que en Argentina tampoco
nadie me ayudaba, el sistema mismo está diseñado para hacerle la vida mas fácil
a un sector de la población en el que tuve la suerte de nacer. NO me refiero a un grupo selecto que veranea
en los lugares mas conchetos y se viste con la mejor ropa, no. Sino a los integrantes
de clase media normal, que pudimos completar una educación secundaria,
terciaria y a veces universitaria, que contamos con un monto de dinero
suficiente para vivir razonablemente bien (y digo poder comer, pagar el
alquiler de una vivienda, ir al cine de vez en cuando, ir a tomar un café, a
comer afuera y cosas así).
Por
pertenecer a éste grupo de gente, contaba con ciertos lujos o privilegios a los
que tomaba como naturales. Privilegios en los que mi alma se había recostado y
que necesitó desprenderse porque lamentablemente, involucraban a otros que yo
no veía.
Por ejemplo
el privilegio de tener ayuda en la casa. Aunque no diaria, siempre tuve el
privilegio de contar con una ayuda de unas horas semanales para esos trabajos
que no me gustaban y se me iban acumulando en el fragor de los días. En cuatro
o 5 horas la mujer que me ayudaba podría hacer limpieza de vidrios, lustrada de
pisos, limpieza profunda de baños… Y yo
me distendía. Sabía que esos trabajos que ocupaban tiempo y energía podía
dejarlos y hacer otras cosas mas divertidas.
Le pagaba siempre un poco mas de lo que se pagaba en general y este
gesto tranquilizaba mi conciencia. Hoy, cuando recuerdo particularmente esa
última chica que me ayudaba en Esquel , madre soltera y terminando su profesorado
de letras mientras trabajaba como una leona para mantener a su bebe, me da
vergüenza. Quisiera poder volver el
tiempo atrás y darle una mano, pagarle mejor, recibirla con la casa mas ordenada…
Acá en Australia
el tiempo humano se paga muy bien y al minuto.
Se puede pedir ayuda, pero es un intercambio de energía justo y
equitativo. Yo, si quisiera volver a descansar mis responsabilidades en alguien
como lo hacía en Argentina, tendría que pagarlo tan bien que no podría hacerlo.
Aprendí a trabajar de verdad, sin paliativos. Como dice mi amiga Ae, que por
esas cosas de la vida también termino en Australia (ella vive en Sydney), “hace
bien hacerse cargo de nuestra propia mugre”. Y si, pienso yo, en verdad es
terminar de hacerse cargo de nuestra vida, de eso que por aburrido, molesto o
hincha en Argentina prefería patear para que me lo haga otro.
Lo mismo me
pasa con las compras en el supermercado.
Tampoco puedo ordenar alegremente que me lo envíen a domicilio y venirme
muy chocha a casa a esperarlo. NO señor. Si quiero elegir la comida y traérmela fresquita y en
el momento… lo tengo que hacer yo. Sino podría hacerlo por internet pero pagaría
muchísimo mas caro y además luego tendría que aceptar los turnos y horarios
disponibles de los que se encargan de la distribución. El tiempo del otro se
tiene en cuenta. No hay un sector de la población que esté dispuesto a salir
corriendo para solucionar la urgencia del otro. Que esté para eso.
Otro
ejemplo: Siempre tuvimos perros. Nos encantan, nos acompañan, nos llenan la
vida. Siempre fueron parte de nuestra
familia. Pero en Argentina me daba el lujo de sacarlos a correr en lugares poco
poblados en donde no pudieran molestar demasiado a otros. Aunque si de vez en
cuando ladraban de mas, o se trenzaban
con algún perro desprevenido… y bue… me valía alguna corrida, unos gritos y mas
o menos arreglaba la cosa… Y a poner
onda che! Tampoco era para tanto… (para
mi manera de verlo, no se si para el dueño del otro perro, o quien fuera que se hubiera sentido molesto
por mi jauría correteando libremente).
Aca son
todos muy “per friendly”… y hay lugares especiales tipo plazas de perros adonde se puede ir a entretener a los canes…
pero de largarlos a corretear libremente por ahí… ¡ni soñando!! A los perros hay que sacarlos a caminar en
lo posible diariamente, pero con cadena. Salvo en la playa adonde las leyes no son tan rigurosas por no ser
terreno municipal. Hay que juntar sus necesidades. Hay que cuidar que no
molesten a vecinos ladrando, porque en ese caso ellos pueden denunciarte y tenés
que resolver el asunto o el municipio toma medidas drásticas, que van desde
cortarle las cuerdas vocales hasta sacarte el perro, si no entras en razones. Todas regulaciones súper estrictas y
aterradoras para mi mirada de recién llegada, a las nos tuvimos que
acostumbrar. Que me costaron un huevo de digerir y que en el fondo me obligaron
a realmente hacerme cargo de mis perros, de mis gustos, de mis formas de vivir.
Nací en un
país en donde la estructura misma de la sociedad y mi condición socio cultural
me evitaban hacerme completamente cargo de mi vida. En lo de poner el cuerpo
para mantener una vida en funcionamiento. En donde sin siquiera advertirlo, me
apoyaba en la energía de otros, en la paciencia de otros, en la “inferioridad”
de otros. Demasiadas veces, en los otros
que no tuvieron opciones, ni
oportunidades ni medios y que probablemente nunca las tendrán. Ahora que lo veo en retrospectiva, creo que lo que me impedía hacerme cargo de mi
vida con todas las letras no era el hecho de pedir ayuda, de apoyarme en otros
para ciertas cosas. Eso es natural, bueno y saludable. Pero lo nocivo para mí
era que estaba basado en una desigualdad
que me detenía, me separaba y me intranquilizaba profundamente. Porque si bien
era “barato” en lo económico tener a una mucama que se hiciera cargo de mi
mugre, o no me costaba nada pedirle al muchacho del súper que me traigan las
compras porque me daba fiaca cargar con ellas, o parecía no tener consecuencias
mis desatinos en la convivencia social delatada por mi falta de control sobre
mis perros… no era gratis el intercambio
energético basado en desigualdades de derechos, por así decirlo.
Mi alma salvaje, mi alma niña, no estaba del
todo cómoda con ésta situación. Necesitó un cambio radical para poder limpiarse
del peso que cada una de éstas transacciones fue acumulando en ella. Y para madurar, hasta convertirme en una mujer
y en una madre. Sobre todo para poder aceptar el desafío de ser madre y todo lo
que ello implica.
Y Australia
fue éste cambio. Un país de gente orgullosa de sí misma. Que creen en el
trabajo como forma de realización personal. En dónde todos tienen su espacio
asegurado y saben que sus límites serán respetados. En donde las leyes y
regulaciones abruman… pero también ordenan y protegen.
Para
instalarme aquí dejé todo en la cancha. Dejé a la Paz niña que salió de
Argentina, la Paz de los privilegios. Me
costó, me cuesta, la sigo luchando. Pero agradecida, feliz de saber que éste
cambio físico es también un cambio profundo en lo espiritual. En el
reconocimiento de los demás como iguales, como hermanos, como partes de mí
misma.
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