Nosotros

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primer viaje de Tomi

martes, 12 de noviembre de 2013

Filosofando en grande



A raíz de mi último escrito, en el que  enumeraba algunos de los “pros” o ventajas de vivir en Buenos Aires, se me despertó la veta filósofa. Así que acá sigo recapacitando, recordando y entendiendo el proceso de aprendizaje en el cuál me he embarcado.  Y estas son algunas de las conclusiones a las que he arribado:
Creo que me vine a Australia a terminar de hacerme cargo de mi vida. Sin ningún tipo de ayuda, sin ningún privilegio, sin atenuantes.  Ya había empezado el proceso de hacerme cargo de mi vida hacía años, desde el accidente, cuando el mundo se me dio vuelta y quedé en pelotas. Yo y mi alma para decidir seguir o quedarme. Para apostar a meterle para adelante o dejar que la vida me arrastre hacia la orilla, hacia el medio del torbellino, o al fondo.  Creo que sin mucha consciencia y con gran Ayuda, mi Ser fue eligiendo, fue haciendo, fue re armándose.  A los tropezones, a las atropelladas, a los barquinazos. Como sea, fui volviéndome a parar, fui re aprendiendo a caminar y a dar pasos. Pasaron muchos años, muchas cosas, mucha gente. Parecía que ya estando casada, con una vida posible y un camino transitable ahí me instalaría. Pero no. Todavía había mucha insatisfacción,  mucho por aprender, mucha necesidad de movimiento.
Y de un día para otro, tirado de los pelos y casi por arte de magia apareció la gran oportunidad que nos movilizó. Venir a Australia con trabajo para mi marido. Nos trasladaban a nosotros y a nuestros perros… Todo que dejar, todo que apostar… Pero la necesidad de movimiento fue mas fuerte y  no pudimos resistirnos a la oferta. Organizamos la mudanza en un mes, cerramos la casa de Esquel para ponerla a la venta y nos vinimos. 
No estaba en mis planes el enorme esfuerzo que esta movida ocasionó. Físico, espiritual y mental. Enorme. Hoy, sabiendo lo que implicó, conozco que no podría volver a hacerlo. En su momento no lo tuve en cuenta  y me mandé con cuerpo y alma a la gran aventura.   Dejé todo en la cancha. Todo. Tanta energía  gasté que hasta resucitó el bicho que yacía adormecido en la cadera luego de aquella primera infección que dejó el accidente, 20 años atrás.
Como dije al principio. Hoy creo que me vine a Australia a terminar de hacerme cargo de mi vida, sin ninguna ayuda. Porque si bien pensaba que en Argentina tampoco nadie me ayudaba, el sistema mismo está diseñado para hacerle la vida mas fácil a un sector de la población en el que tuve la suerte de nacer.  NO me refiero a un grupo selecto que veranea en los lugares mas conchetos y se viste con la mejor ropa, no. Sino a los integrantes de clase media normal, que pudimos completar una educación secundaria, terciaria y a veces universitaria, que contamos con un monto de dinero suficiente para vivir razonablemente bien (y digo poder comer, pagar el alquiler de una vivienda, ir al cine de vez en cuando, ir a tomar un café, a comer afuera y cosas así).
Por pertenecer a éste grupo de gente, contaba con ciertos lujos o privilegios a los que tomaba como naturales. Privilegios en los que mi alma se había recostado y que necesitó desprenderse porque lamentablemente, involucraban a otros que yo no veía.
Por ejemplo el privilegio de tener ayuda en la casa. Aunque no diaria, siempre tuve el privilegio de contar con una ayuda de unas horas semanales para esos trabajos que no me gustaban y se me iban acumulando en el fragor de los días. En cuatro o 5 horas la mujer que me ayudaba podría hacer limpieza de vidrios, lustrada de pisos, limpieza profunda de baños…  Y yo me distendía. Sabía que esos trabajos que ocupaban tiempo y energía podía dejarlos y hacer otras cosas mas divertidas.  Le pagaba siempre un poco mas de lo que se pagaba en general y este gesto tranquilizaba mi conciencia. Hoy, cuando recuerdo particularmente esa última chica que me ayudaba en Esquel , madre soltera y terminando su profesorado de letras mientras trabajaba como una leona para mantener a su bebe, me da vergüenza.  Quisiera poder volver el tiempo atrás y darle una mano, pagarle mejor,  recibirla con la casa mas ordenada… 
Acá en Australia el tiempo humano se paga muy bien y al minuto.  Se puede pedir ayuda, pero es un intercambio de energía justo y equitativo. Yo, si quisiera volver a descansar mis responsabilidades en alguien como lo hacía en Argentina, tendría que pagarlo tan bien que no podría hacerlo. Aprendí a trabajar de verdad, sin paliativos. Como dice mi amiga Ae, que por esas cosas de la vida también termino en Australia (ella vive en Sydney), “hace bien hacerse cargo de nuestra propia mugre”. Y si, pienso yo, en verdad es terminar de hacerse cargo de nuestra vida, de eso que por aburrido, molesto o hincha en Argentina prefería patear para que me lo haga otro.
Lo mismo me pasa con las compras en el supermercado.  Tampoco puedo ordenar alegremente que me lo envíen a domicilio y venirme muy chocha a casa a esperarlo. NO señor. Si quiero  elegir la comida y traérmela fresquita y en el momento… lo tengo que hacer yo. Sino podría hacerlo por internet pero pagaría muchísimo mas caro y además luego tendría que aceptar los turnos y horarios disponibles de los que se encargan de la distribución. El tiempo del otro se tiene en cuenta. No hay un sector de la población que esté dispuesto a salir corriendo para solucionar la urgencia del otro. Que esté para eso.
Otro ejemplo: Siempre tuvimos perros. Nos encantan, nos acompañan, nos llenan la vida.  Siempre fueron parte de nuestra familia. Pero en Argentina me daba el lujo de sacarlos a correr en lugares poco poblados en donde no pudieran molestar demasiado a otros. Aunque si de vez en cuando ladraban de mas,  o se trenzaban con algún perro desprevenido… y bue… me valía alguna corrida, unos gritos y mas o menos arreglaba la cosa…  Y a poner onda che!  Tampoco era para tanto… (para mi manera de verlo, no se si para el dueño del otro perro,  o quien fuera que se hubiera sentido molesto por mi jauría correteando libremente).
Aca son todos muy “per friendly”… y hay lugares especiales tipo plazas de perros   adonde se puede ir a entretener a los canes… pero de largarlos a corretear libremente por ahí… ¡ni soñando!!   A los perros hay que sacarlos a caminar en lo posible diariamente, pero con cadena. Salvo en la playa adonde  las leyes no son tan rigurosas por no ser terreno municipal. Hay que juntar sus necesidades. Hay que cuidar que no molesten a vecinos ladrando, porque en ese caso ellos pueden denunciarte y tenés que resolver el asunto o el municipio toma medidas drásticas, que van desde cortarle las cuerdas vocales hasta sacarte el perro, si no entras en razones.  Todas regulaciones súper estrictas y aterradoras para mi mirada de recién llegada, a las nos tuvimos que acostumbrar. Que me costaron un huevo de digerir y que en el fondo me obligaron a realmente hacerme cargo de mis perros, de mis gustos, de mis formas de vivir.
Nací en un país en donde la estructura misma de la sociedad y mi condición socio cultural me evitaban hacerme completamente cargo de mi vida. En lo de poner el cuerpo para mantener una vida en funcionamiento. En donde sin siquiera advertirlo, me apoyaba en la energía de otros, en la paciencia de otros, en la “inferioridad” de otros. Demasiadas veces,  en los otros que no tuvieron  opciones, ni oportunidades ni medios y que probablemente nunca las tendrán.  Ahora que lo veo en retrospectiva,  creo que lo que me impedía hacerme cargo de mi vida con todas las letras no era el hecho de pedir ayuda, de apoyarme en otros para ciertas cosas. Eso es natural, bueno y saludable. Pero lo nocivo para mí era que estaba basado en una  desigualdad que me detenía, me separaba y me intranquilizaba profundamente. Porque si bien era “barato” en lo económico tener a una mucama que se hiciera cargo de mi mugre, o no me costaba nada pedirle al muchacho del súper que me traigan las compras porque me daba fiaca cargar con ellas, o parecía no tener consecuencias mis desatinos en la convivencia social delatada por mi falta de control sobre mis perros…  no era gratis el intercambio energético basado en desigualdades de derechos, por así decirlo.
 Mi alma salvaje, mi alma niña, no estaba del todo cómoda con ésta situación. Necesitó un cambio radical para poder limpiarse del peso que cada una de éstas transacciones fue acumulando en ella.  Y para madurar, hasta convertirme en una mujer y en una madre. Sobre todo para poder aceptar el desafío de ser madre y todo lo que ello implica.
Y Australia fue éste cambio. Un país de gente orgullosa de sí misma. Que creen en el trabajo como forma de realización personal. En dónde todos tienen su espacio asegurado y saben que sus límites serán respetados. En donde las leyes y regulaciones abruman… pero también ordenan y protegen.
Para instalarme aquí dejé todo en la cancha. Dejé a la Paz niña que salió de Argentina, la Paz de los privilegios.  Me costó, me cuesta, la sigo luchando. Pero agradecida, feliz de saber que éste cambio físico es también un cambio profundo en lo espiritual. En el reconocimiento de los demás como iguales, como hermanos, como partes de mí misma.




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